ajedrez, abril 23, 2014

ANDERSSEN Y LONDRES 1851 (y 2)

8. EL SIGLO XIX

84. ANDERSSEN Y LONDRES 1851 (y 2)
Antonio Gude
ANDERSSEN
Adolf Anderssen (1818-1879) era un maestro de escuela de Breslau, que acudió a Londres en representación del club de Berlín. Su triunfo le valió la merecida reputación de ser el mejor jugador de Europa, algo que no empañó la desabrida y nada deportiva forma en que la crónica de Staunton 1 presentó  la incuestionable victoria del alemán.
En torneos posteriores quedó claro que la victoria de Anderssen no había sido casual. Entre 1851 y 1878, el maestro de Breslau tomó parte en doce torneos, en todos los cuales su nombre aparece entre los premiados, incluso conquistando el primer puesto en siete de ellos (Londres 1851 y 1862, Hamburgo 1869, Barmen 1869, Baden 1870, Crefeld 1871 y Leipzig 1876).
Anderssen era conocido en Alemania sobre todo como compositor de problemas, a raíz de la publicación de su libro de 1842 Aufgaben für Schachspieler. Aunque siguió componiendo problemas, poco a poco se fue interesando más en el ajedrez de competición, y en 1846 se incorporó al equipo redactor de la recientemente fundada Deutsche Schachzeitung.
En la segunda mitad del siglo se generalizó la idea de que la mejor forma de determinar la superioridad de un jugador era la lucha de match. En 1858, y tras siete años en los que había desplegado una pobre actividad ajedrecística, Anderssen aceptó el reto de Morphy para disputar un match en París, donde fue claramente vencido por el americano. Anderssen declararía entonces: «No es posible encerrar la propia maestría en un estuche, como si fuese una alhaja.» El juego de Morphy le produjo una fuerte impresión, admitió abiertamente su derrota y confesó: «Para mí es imposible competir con este hombre.»
En adelante, el maestro alemán se mostró más activo y logró buenos éxitos en la década de 1860-1870. Pero en 1866 su match con Steinitz, en el que fue derrotado (6-8) puso de manifiesto que la supremacía de Anderssen había llegado a su fin, algo que a él no parecía preocuparle lo más mínimo, pues siempre había practicado el ajedrez como aficionado, supeditándolo por completo a sus obligaciones profesionales docentes. Además, su propio tempramento, tranquilo y su modestia natural le permitían no encarar el ajedrez como uno de sus objetivos vitales: era una auténtica afición, un placer y un pasatiempo para él.
Enorme figura y máximo exponente del ajedrez romántico, su brillante juego combinativo y de ataque no tenían parangón en la época y las partidas de altísima calidad se cuentan por docenas en su carrera. Cuando murió, la Deutsche Schachzeitung le dedicó un obituario de 19 páginas, enmarcadas todas ellas en una franja negra, en señal de duelo.
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