ajedrez, septiembre 20, 2012

EL ESTADO DE LA NACIÓN (1)

EL ESTADO DE LA NACIÓN
Un análisis personal acerca de la polémica entre los jugadores de elite y federaciones nacionales, originada por la propuesta de la FIDE de acelerar el ritmo de juego, con las diversas modalides de ajedrez y el título mundial como telón de fondo.
(Jaque nº 537, 2001)
Antonio Gude
La nación de que hablo es, naturalmente, la del ajedrez, la patria más universal que puede hoy encontrar el individuo y casi la única en que valga la pena arraigarse.
     Esta primavera se ha presentado con aires belicosos. Bajo apariencias renovadoras, modernistas y evolutivas, la FIDE (que, desde hace años, involuciona con paso firme) no sólo se ratifica en sus ansias de control del ajedrez (que es algo más que el mero control acelerado del tiempo de juego), de modo que su gerente o movedor de hilos en FIDE-Comercio, Artiom Tarasov, la cara empresarial de la organización, ni corto ni perezoso amenaza con que o los organizadores pasan por el aro de los controles más rápidos, o su estrategia será contraprogramar torneos paralelos coincidentes en lugar y fecha para boicotear a los torneos clásicos más significados, como Linares, Wijk aan Zee, Dortmund o cualquier otro que no siga el juego. A eso se le llama tener las ideas claras y actuar en consecuencia, pasando a la acción por arte de mafia.
Dos bandos enfrentados
¿Cómo reaccionan los supergrandes maestros? Las tres poderosas kas (Karpov, Kasparov y Kramnik, por riguroso orden alfabético) se rasgan las vestiduras y declaran, en una suerte de rapto místico-capitalista, que no se puede atentar contra el sagrado arte del ajedrez (mística), que pertenece (sic) a la comunidad global (aquí el voluntarioso matiz capitalista: el tributo a la tan cacareada globalización).
     A esa salida de vía del tren de tres vagones, replican las fuerzas del orden instituido (Jalifman, Anand, Shirov y Cía.) en el sentido de que la FIDE tiene razón y que el título mundial es suyo (es decir, por la parte que les toca, también de ellos), y añaden a su lista fulanitos y menganitos de la federación petersburguesa para llenar papel y demostrarle al mundo la fuerza de su postura. Naturalmente, es poco significativo que alguien salga al ruedo en defensa de sus propios intereses, pues es cosa conocida que nadie puede ser, al mismo tiempo, juez y parte. Pero lo cierto es que esa toma de posición natural, por parte de unos y otros ha legitimado, en cierto modo (y por primera vez, que uno recuerde) a Valeri Salov, designado por la FIDE para presidir el Consejo Mundial de Jugadores. ¿Qué Consejo?, ¿qué jugadores? ¿y de qué mundo? Porque en el que vivimos no tenemos noticia de que nadie (ni siquiera la FIDE) haya podido mencionar otro nombre que el de Salov como integrante de esta comisión, fantasmal como, en realidad, lo son casi todas. Pues bien, ahora sí Salov ha sido, en cierto modo, oficializado por un consejo: el de los títulohabientes o aspirantes de la FIDE. Las fuerzas en disputa están, en el momento en que escribimos, bastante equilibradas en esa tensión, y si hay que tirar de la cuerda no está claro cuál de los bandos arrastrará al otro. A título individual o de nombre, parece que pesan más las tres kas. Otra cosa es –y no es mal argumento el esgrimido por los profide— que si la FIDE no tiene suficiente legitimidad para hacer suyo el título mundial (recordemos que existía desde mucho antes de que la FIDE fuese creada: exactamente desde 1886, mientras que la FIDE se fundó en 1924), ni para introducir cambios deportivos que afectan al pan de tantos profesionales, mucha menos tiene la empresa (o lo que sea) BrainGames en sus pretensiones de poner sobre el tapete un encuentro entre dos jugadores famosos y llamarlo Campeonato del Mundo. Por otro lado, también resulta sospechosa la alineación de dos enemigos sempiternos, Kasparov y Karpov, en esta lucha de intereses creados.
     La conclusión más sencilla es que ambos bloques intentan arrimar el ascua a su sardina. Por más que lo llamen «globalizar», no podemos evitar la molesta sensación de que lo que en realidad quieren es «globalizarnos» a todos de la manera más efectiva y rentable para cada cual.
     Bien. Puede que no tengamos más remedio que dejarnos globalizar, pero tendrá que ser por la fuerza de los argumentos y de intereses verdaderamente superiores: los del ajedrez. Porque en su nombre los globalizados de este mundo ofreceremos resistencia: jugadores, árbitros, entrenadores, organizadores, periodistas, maestros o aficionados, todo aquel que se interese por el ajedrez y quiera jugar sin tener que pedirle permiso a nadie. Porque estamos corriendo el riesgo de que alguien nos obligue a reconocer, de palabra y obra, quién es el verdadero campeón del mundo, y también cuál es el tiempo que tenemos que marcar en nuestro reloj, en nuestro torneo y en nuestra partida. La práctica del ajedrez está siendo amenazada en virtud de una visión del universo, según la cual el ajedrez habrá de adaptarse a las exigencias que rigen la aldea global: el dinero y los grandes medios de comunicación.
     A todo esto, no hemos hablado aún del iluminado que, por delegación divina, ha sido investido gran hermano de esa magna tarea: Kirsan Ilyumzhinov, encargado y, a la vez, propietario de la república de Kalmikia (un nombre que, con el máximo respeto por sus ciudadanos, parece sacado de una película de los hermanos Marx), y quien pretender hacer con el ajedrez lo mismo que está haciendo, literalmente, con su país: sacar petróleo de él. Kalmikia incumple o vulnera de forma explícita, en este momento, varias decenas de artículos de la constitución rusa, de cuya confederación forma parte, pero parece que el Sr. Ilyumzhinov se pasa la llamada constitución de la estepa por retaguardia. Algo que no se explica cómo toleran los rusos, pero es evidente que mamá Rusia tiene problemas más gordos y, en 2001 d.C. su autoridad moral no da para echar cohetes ni rapapolvos a sus hermanos pequeños.
(continuará)
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