ajedrez, octubre 17, 2023

EL OCASO DE LOS DIOSES

David Bronstein

En un torneo por equipos de los años ochenta, Bronstein irritó a sus compañeros de equipo cuando, con el reloj en marcha, se dedicó a charlar con Spassky, a quien hacía años que no veía. Sentía curiosidad por cómo le iban las cosas en Francia. Spassky le dijo: Nos han mentido, David. El ajedrez no sólo no es tan importante como nos decían, sino que no es en absoluto importante.

Una vez que David Bronstein superó un primer ataque del cáncer, decidió disfrutar de la vida el tiempo que le quedaba. Y a principios de los noventa, sobre todo tras la liberalización de visados y demás en la URSS y luego su disolución, viajó todo lo que pudo. Invitaciones no le faltaban, porque con el tiempo se había ido creando un circuito de amigos y admiradores que pasaba por Noruega/Islandia/Bélgica/Inglaterra/Ginebra y, a partir de 1993, también España, donde la Universidad de Oviedo lo contrató como profesor de ajedrez durante un par de años. Aunque fue una actividad más simbólica que efectiva, le permitió al gran maestro viajar por España, incluso en compañía de su esposa Tatiana.

Bronstein se sentía feliz cuando viajaba: le encantaba disfrutar del agasajo de sus amigos: se sentía querido y comprendido. En la medida de sus posibilidades, era un bon vivant que se aferraba a la vida a manos llenas. Había sufrido mucho y acarreaba varias torturas personales, como el hecho de haber sido uno de los escasos supervivientes de su generación a la Segunda Guerra Mundial, como también el remordimiento de haber ignorado a su hijo, del que, a veces, tenía noticias indirectas.

En sus estancias placenteras, siguió participando en algunas competiciones, como los megatorneos de la Universidad de Oviedo (en 1993 y 1994) y algunas competiciones contra “máquinas”, en las que era todo un experto. A raíz de un triunfo suyo en uno de esos torneos mixtos, un periodista holandés tituló a su crónica David Bronstein takes computers for breakfast (…se desayuna con computadoras). IBM incluso lo invitó a pronunciar, en sus laboratorios de Palo Alto (California), una serie de conferencias, comentando en voz alta para el público partidas contra la computadora Deep Thought.

En sus últimos años, el gran Devik volvió a sacar a la luz pública el asunto Zurich ’53. ¿Por qué, después de casi medio siglo? Era una espina clavada en su corazón y ahora podía hablar con libertad. En esencia, es un drama en cuatro actos, en el que Bronstein denuncia las presiones y componendas del “triunvirato” (como él les llama) del KGB: Dmitri Postnikov, jefe de la delegación soviética, y sus acólitos, Moshintsev e Igor Bondarevsky. En el centro de la cuestión estaba la preocupación de que Reshevsky pudiera ganar el torneo. Inimaginable, impensable que un norteamericano pudiese vencer a ¡nueve! grandes maestros soviéticos.

Primer acto: antes de la 13ª ronda, Reshevsky había alcanzado a Smyslov en la cabeza de la tabla. Postnikov visita a Bronstein en su habitación y le dice que tiene que ganar a Reshevsky (a pesar de que el primero llevaría las negras). ¡Era una orden! No había nada qué hacer y, contrariamente a mi costumbre, durante cinco horas no me moví del tablero, para mostrar mi grado de compromiso. La posición aplazada sólo era ligeramente superior para mí, pero, afortunadamente, pude encontrar una forma de ganar digna de un estudio.[1]

  Segundo acto: Los líderes se tranquilizaron, pero unas rondas más tarde Smyslov perdió ante Kotov y, de nuevo, fue alcanzado por Reshevsky. Curioso. Precisamente Kotov, el último de quien podría esperarse que no colaborase con sus jefes, dada su afiliación al PCUS. Y surgió una preocupación añadida. Según el médico del equipo, Dr. Vladimir Ridin, aunque Brostein y Keres disfrutaban de buena salud, Smyslov se encontraba debilitado por la dureza de la competición, y albergaba dudas de que el líder del torneo pudiese llegar entero al final de la misma. Entonces, Keres fue invitado a dar un paseo por la orilla del lago de Zurich, durante el cual trataron de convencerlo de que hiciese unas rápidas tablas, con blancas, con Smyslov, a fin de que éste pudiese disponer de todas sus energías para batir a Reshevsky en la ronda siguiente.

Keres resistió valientemente la presión. Quizá les prometió que pensaría sobre ello, pero lo cierto es que se dispuso a jugar con ánimo combativo. Pero estaba afectado y nervioso, y yo vi que no se encontraba en buenas condiciones de jugar. También lo percibió Smyslov, quien de pronto se me acercó y me dijo: “¿Qué le pasa a Paul? ¿Por qué me mira con mala cara? ¿Es que le he ofendido de algún modo?” No supe qué decirle. Supongamos que Smyslov no sabía lo que estaba pasando. Keres, por supuesto, perdió.[2]

  Tercer acto: El trío decidió convencer a Geller de que debía ceder su partida ante Bronstein, para no permitir el avance de Reshevsky. Me convocaron y me dijeron: “Geller ha recibido la orden de perder con usted”. Traté de objetar, pero cometí el error de decir no que eso era antideportivo, sino que Geller ya había perdido cinco partidas. “No importa, él está de acuerdo: es un patriota.” Dije que conforme, pero en realidad decidí que jugaría abiertamente a tablas.

  Ese fue otro error de Bronstein, quien se limitó a maniobrar de forma indiferente, para hacerle comprender a su rival que sólo quería hacer tablas. Pero Geller fue mejorando paulatinamente la posición de sus piezas y acabó ganando.

Cuarto acto: Las cosas no habían terminado ahí. “Ahora”, dijo Postnikov, “le toca Smyslov. Recuerde que antes de su partida con Reshevsky no debe ser alterado. Debe tener claro que usted hará unas rápidas tablas con él. (…) No podemos arriesgarnos a que un americano gane el torneo.” Pero también yo puedo ganar, en caso de un buen final de torneo… “¡Unas tablas y rápidas!”, zanjó Postnikov. Pero parece que el aspecto de mi rostro no le gustó a Moshintsev, quien decidió intensificar la presión, soltándome: “¿Acaso cree usted seriamente que hemos venido aquí a jugar al ajedrez?”[3]

  Este relato de Bronstein indignó a Smyslov, sobre todo cuando fue reproducido en la revista 64, con algunos añadidos, como la declaración de Suetin que sigue:       

 

   El día en que debía enfrentarse a Smyslov, Keres fue llamado al orden por el jefe de nuestra delegación, D. Postnikov, quien le dijo que no podía jugar a ganar, pues eso supondría favorecer a Reshevsky. Según Tolush, segundo de Keres, es improbable que Smyslov supiese nada de eso. Siguió una conversación acalorada que se prolongó durante varias horas. Keres rehusó abiertamente traicionar a su conciencia, pero estaba alterado. Cuando decidió jugar a ganar, el resultado fue que perdió.[4] 

 

Entonces Bronstein invitó a Smyslov a refutar lo narrado o a dar su propia versión de los hechos, puesto que en ningún momento se le acusaba a él de participar en la trama, pero para su sorpresa, el excampeón mundial sólo respondió con un párrafo en el que hablaba de cuestiones marginales.

Podía ser enervante para sus colegas. Mark Dvoretsky se enfrentó a él en varias ocasiones y dio una imagen muy plástica del veterano maestro: “Creía que era el único jugador creativo y que todos los jugadores jóvenes eran dogmáticos. En una ocasión, visiblemente molesto por el desenlace de nuestra partida, me dijo: ‘Juega usted muy rápido. Es una falta de respeto para sus oponentes’.”

Sí, su exquisita cordialidad podía volverse bipolar en cualquier momento. Durante una visita a Revista Internacional, de repente me dijo: “¿Por qué no me contrata como subdirector? Sería un buen asunto para la revista y, créame, usted llamaría a mi puerta muchas más veces que yo a la suya.”

Bronstein siempre fue muy sensible a los comentarios de sus colegas, sobre todo a los que le concernían directamente: su susceptibilidad afloraba al instante. Tras haber hecho tablas con él, Karpov le dijo en una ocasión: “¡David, usted juega muy bien!” “¿Por qué tuvo que decirme eso? No lo soporto.”[5]

Los años le volvieron amargo: Le he dado mucho al ajedrez, pero los jugadores de ajedrez no me han dado nada a cambio. Nada. Tenía buena parte de razón: mientras que Smyslov o Petrosian contaban con unas buenas pensiones, él apenas percibía la pensión estándar de un jubilado.

Creo que Bronstein, como un veterano actor que había triunfado en los escenarios, no aceptaba estar fuera de la luz de los focos. En su fuero interno, ni siquiera podía admitir que lo estuviese.

Llegó un momento en que ya no podía seguir disfrutando de sus viajes. Un nuevo ataque del cáncer le dejó postrado en Minsk, siempre, por fortuna para él, con la compañía de Tatiana. Las partidas y las inolvidables combinaciones, las imágenes de París y Londres, su interés por dialogar sobre esto y aquello, o sus recorridos por los mercados de alimentos, donde percibía, como en ningún otro sitio, el pulso de la vida, los sueños… Todo eso se había quedado ahora en una oscura nebulosa.

 

 

[1] Secret Notes, David Bronstein y Sergei Voronkov. Olms Edition, 2007, pág. 132.

[2] Ibid., pág. 132.

[3] Id., págs. 133-134.

[4] Ajedrez a través del prisma del tiempo, Alexei Suetin. Moscú, 1998, pág. 113.

[5] Citado por G.Sosonko en The Rise and Fall of David Bronstein, Elk and Ruby Publishing House. Moscú, 2014, pág. 110.

1 comentario

  1. Anónimo 19:12, octubre 18, 2023

    Sin duda keres, bronstein y korchnoy fueron perjudicados por las autoridades soviéticas que preferían a botvinnik, y a la vez Bobby fischer siempre tuvo razón sobre los soviéticos…