ajedrez, marzo 20, 2014

EL VERDADERO VALOR DE LAS PIEZAS (y 2)

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Bien. Lo cierto es que Soltis ha escrito un libro maravilloso. Me gustaría tener un sombrero para quitármelo, pero como no es así, me limitaré a justificar mi opinión sobre el mismo.
El verdadero valor de las piezas propone una auténtica revisión del papel, capacidad y radio de acción de las piezas en ajedrez. Los autores clásicos (desde Tarrasch a Bronstein, pasando por Euwe, Keres, Pachman y otros) nos han enseñado muchas cosas acerca de la actividad de las piezas, de su valor relativo y de la necesidad de desvincular su valor teórico o nominal del valor real en una posición dada. Pero ni siquiera los autores más prestigiosos de la actualidad, como John Nunn, Drazen Marovic o Mark Dvoretsky, han penetrado con mayor lucidez en la capacidad operativa de las piezas, por sí solas o en equipo, ni han llevado a cabo una disección tan implacable de la ductilidad de las piezas y las complejas relaciones que entre ellas y el tablero se establecen.
La forma en que Soltis afronta el papel y función de las unidades ajedrecísticas de combate es muy original y tiene un enorme valor práctico para el jugador. Para empezar, pasa revista a las tablas de valores numéricos que han barajado las más diversas fuentes. El ajedrez no es aritmética, pero el jugador necesita valores a que aferrarse, una referencia orientadora. Contradicciones: si dos piezas menores valen 6 (3+3), ¿por qué no es bueno entregar alfil y caballo por torre y peón (5+1), de idéntico valor teórico, en la apertura? Las piezas tienen muchos valores y valores que son mudables: valor nominal, valor estático, valor de cambio, valor relativo, valor transitorio. A este último ya había aludido Capablanca y significa, por ejemplo, que a medida que se cambian piezas, un caballo se vuelve más débil, mientras que una torre aumenta de valor. La fase de la partida también tiene mucho que ver: ¿qué significan un centro de peones, o peones colgantes, cuando la lucha se acerca al final?
La movilidad de las piezas no es la misma en todas las fases del juego. A medida que progresa la partida, la movilidad aumenta. La razón es clara: la desaparición de piezas y peones deja más casillas libres en el tablero. Siempre ha existido la tentación simplificadora de valorar una pieza en función de su movilidad. Sin embargo, nos dice Soltis, sin objetivos la movilidad no cuenta gran cosa. El autor incluye estudios de otros autores y expertos y aporta ejemplos valiosos y actualizados. El lector se encontrará con muchas sorpresas. Cosas que le parecían evidentes, dejarán de serlo.
Las reglas son resbaladizas, cosa que a estas alturas todo el mundo sabe ya. Pero las decisiones prácticas deben tomarse en base a numerosos factores, no siempre fácilmente cuantificables. El libro trata de responder a muchas preguntas del jugador práctico: ¿Vale la pena ceder la pareja de alfiles para ganar un peón?, ¿es conveniente cambiar torres cuando se tiene la pareja de alfiles?, ¿cuándo tiene sentido entregar la dama por las dos torres? En este último caso, sorprenderá saber que, en las situaciones que se le presentaron, Fischer siempre entregó, con éxito, las dos torres por la dama (Fischer-Bilek, La Habana 1965; Portisch-Fischer, Santa Mónica 1966).
Hay mucho más. El tercer capítulo, por ejemplo, es una revelación. Trata de la extensión o amplitud del tablero. Un tablero de ajedrez nunca será mayor de 8×8=64 casillas. Pero puede ser más reducido. Todo depende del área en que se juegue. Un final de C+P vs C puede estar jugándose en un sector de 6×5 o 4×4 casillas. Cuando sólo hay peones en un flanco, lo normal es que sólo se utilice la mitad del tablero, o incluso menos. La apreciación del valor de las piezas cambia sustancialmente en tales casos. Hay un ejemplo que arroja mucha luz sobre esas relaciones geométricas entre piezas y tablero: al aplazarse la partida Korchnoi-Germán (Interzonal de Estocolmo 1962), las blancas tenían dama por torre y caballo, pero el balance exacto de material era D+D+T vs D+T+T+C, con cuatro peones por bando. Comenta Korchnoi: «Durante el análisis descubrí algo notable: el tablero es, sencillamente, demasiado pequeño para las dos damas, que se entorpecen mutuamente…» La partida finalizó en tablas. Esto da lugar a una figura inédita, vislumbrada por otros, pero prácticamente descubierta por Soltis: la redundancia, que se opone a la coordinación (capítulo 4).
Cambios, problemas de cálculo, relaciones heterogéneas de material (pieza contra peones, torre contra pieza/s/ menor/es/, dama contra piezas), desequilibrios técnicos… Todo eso es tratado con mucha seriedad y sentido didáctico, con un trasfondo histórico de opiniones, que aportan perspectiva.
En cada apartado, el autor menciona datos estadísticos, acotaciones de estudiosos de las bases de datos. Estas referencias estadísticas se han puesto de moda en los libros de ajedrez y han pasado a ser una especie de nueva puntuación, una sintaxis complementaria. Decía el gran estadista Disraeli que había tres clases de mentiras: «las mentiras, las malditas mentiras y la estadística.» Cierto que la estadística es una forma de mentira, porque puede alejarnos de la esencia de las cosas. Pero también es una forma de verdad, porque nos impide ignorar la cruda realidad de los números.
Las cuestiones técnicas que el autor aborda (y a menudo resuelve) son numerosas y estimulantes, muy bien respaldadas por la correspondiente introducción teórica. El jugador competitivo encontrará en estas páginas (con cerca de 400 ejemplos) abundantes claves prácticas y asideros técnicos, que le ayudarán a encauzar sus decisiones ante el tablero. Debemos agradecer al GM Andrew Soltis esta lección verdaderamente magistral.
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