Ajedrez, mayo 26, 2017

Locos por el ajedrez

Vasili Ivanchuk en Linares. Ilustración de Idearte para AG.

Artículo publicado el 14 de abril de 1991 en Suplemento Semanal n.º 181, pp. 38-45.

El ajedrez es cualquier cosa menos un juego ingenuo: su naturaleza encierra una perversión que a nadie se le escapa. Se sublima cada partida y cada jugada, pues nuestro ego está en tela de juicio, sin coartada alguna.

En su capacidad de crear radica una de las mayores satisfacciones del hombre, de ahí que, como decía el doctor Tarrasch, uno de los grandes jugadores de principios del siglo XX, aunque “no todos podemos escribir una obra de teatro, diseñar un puente o idear un buen chiste, en ajedrez todos podemos ser intelectualmente productivos y disfrutar así del refinado placer de la creación”.

La evolución del ajedrez, la estabilidad de sus propias reglas, vigentes desde el siglo XVI, lo convierten en el juego eterno, por excelencia. Un juego perfecto, casi diabólico.

A las muy estables reglas del juego se opone un sorprendente deslizamiento semántico en la denominación de las piezas. Dama por reina se presta ya a especulación. Knight (caballero) es la equivalencia inglesa del caballo, y aquí habría que pensar en la influencia del Rey Arturo y la saga de la Tabla Redonda. Ciertamente, es más lógica que nuestra denominación, pues es difícil imaginar a un caballo que tome sus propias riendas. También los franceses, con su rigurosa lógica cartesiana, se sintieron obligados a llamar cavalier a esa pieza. Cavalier (=jinete) se desvía de chevalier (=caballero), pero cavalier podría ser una forma arcaica de chevalier.

El alfil, voz de origen árabe que significa lugarteniente o alférez, desempeña su función y no parece inadecuada. Los ingleses, sin embargo, lo llaman bishop (=obispo) y, de ser interpretable, cabría pensar que la jerarquía eclesiástica reclama un lugar de honor al lado de la pareja real. En la cruel, irónica y galante Francia el alfil pasa a ser fou, que literalmente se traduce por loco, pero cuya precisa significación, en el contexto del ajedrez corresponde a bufón.

El alfil hace válidas, desde su perspectiva, las palabras de Antonin Artaud, un loco de portentosa lucidez: “Os aseguro que la vida es oblicua, que el amor es oblicuo y que todo es oblicuo”. La oblicuidad del alfil es, desde luego, una oblicuidad certera, semejante al flechazo de la saeta. Y de creer al gran poeta cubano Lezama Lima es el flechazo, precisamente, no el blanco, lo que engrandece al hombre.

Estos señores de la guerra peculiar que es el ajedrez, a quienes en un cuento se les llama obstinados perseguidores de lo gratuito, acuden de todos los rincones del mundo a una cita con el torneo más prestigioso del calendario internacional. Vienen a mover, con su mayor destreza, piezas de madera sobre un tablero arlequinado. Es… nada más que un juego, pero nada menos que con catorce siglos de existencia a sus espaldas.

La cita en Linares no es una cita más. El ruedo ajedrecístico que conforma la ciudad andaluza posee un aura especial, cuidadosamente elaborada por el fino instinto de Luis Rentero, un negociante (¿o un mago?) que ha sabido elevar a Linares al rango de catedral del ajedrez. En la última edición consiguió la categoría 17, lo que reviente por arriba el baremo de la Federación Internacional y lo acredita, por derecho propio, como el torneo más fuerte de todos los tiempos. De los diez mejores ajedrecistas del mundo estuvieron presentes ocho, y si no hubo más es porque no todos han de ser rusos y porque el bebé Kamsky (16 años) ha cometido la torpeza de caerse de tan privilegiado vagón.

Luis Rentero ha sabido elevar a Linares al rango de catedral del ajedrez

Rentero concibe su torneo de una manera muy especial: todo aquel que acuda a Linares (¡privilegiado él!) ha de sumarse al morituri te salutant colectivo que implica un compromiso de lucha con sabor a sangre. Hay que pensárselo dos veces, porque las caídas de bruces en la arena de Linares duelen sobremanera, y si no que se lo pregunten a Kasparov que, con los laureles recién puestos, fue cañoneado en toda su línea de flotación por Ivanchuk en plena primera ronda. El campeón del mundo, víctima de una amaurosis scacchistica (ceguera ajedrecística) sin precedentes en su carrera, vio cómo sus piezas eran confinadas en un rincón del tablero, hasta el jaque mate, en una posición rabiosamente humillante.

En este mundo de tensión, con tableros sensoriales y murales electrónicos que reproducen automáticamente las jugadas, relojes de doble esfera para el cómputo del tiempo de reflexión, el protocolo de reglamentos y árbitros estrictos han de burlarse para que la finta, el amago, el acoso y la provocación se desplieguen soterradamente. Todo está permitido en ajedrez para ganar. Todo, menos hablarle al contrario y darle patadas en la espinilla.

Todo está permitido en ajedrez para ganar. Todo, menos hablarle al contrario y darle patadas en la espinilla

Nervios como agujas aceradas, decepciones, euforia. La amargura puede ser tremenda cuando se roza el paraíso. Ivanchuk se deshizo en lágrimas cuando dejó escapar una posición muy ventajosa contra Yusupov, arremetiendo contra sillas y candelabros. La lucha es contra el tiempo, contra la fiebre y contra las minas químicas que el enemigo sitúa aviesamente en el espacio mágico de los escaques, un espacio en el que se odian dos colores. Una atmósfera que pocos definirían como tranquila.

Estos gladiadores son unos linces. Todos se las saben todas. Cómo explotar un punto débil, el subdesarrollo de las piezas enemigas, un enroque vulnerable. Cómo atacar a un rey en el centro, cuándo es rentable y cuándo no la captura de un peón. Son los superfenómenos, los niños mimados del ajedrez. A algunos les ha resultado fácil. A otros, muchos años de estudio y dedicación. Los paradigmas podrían ser Capablanca y Alekhine.

La carrera de obstáculos ha terminado y el vencedor es un joven originario del granero del mundo. Ahora es cuando conviene recordar que (escrito está en el viento) quien gana en Linares será campeón del mundo.

Ya lo dijo el poeta: “Una jugada de dados nunca abolirá el azar”. Pero sí una jugada de ajedrez. El alma del ajedrecista comunica su impulso a los peones, que a su vez son el alma del ajedrez. Todo el ajedrez es una metáfora que camina hacia la metáfora global que abarca el universo, como el grano de trigo del brahmán Sissa, que partiendo de un modesto escaque envuelve al mundo. Juego de reyes. Juego rey. “Quien no supiere mover los peones del ajedrez, no sabrá mover las almas”, está en Santa Teresa. La vida de las piezas está en los clásicos y antes de los clásicos en el pueblo liso y llano.

Sesenta y cuatro puntos o coordenadas de la lucha más intensa que imaginarse pueda. El ajedrez fascina porque en su tablero hay más aventuras que en todos los mares y junglas del mundo.

Su majestad el punto rige la contienda, pero por encima del punto de la partida existe un universo ultrasofisticado que gobierna los destinos del ajedrecista profesional. Se trata del sistema Elo, un diabólica invención del matemático norteamericano doctor Elo, que se basa en la teoría estadística y el cálculo de probabilidades. El Elo es la base del ranking internacional, los misiles del prestigio y la llave maestra para los grandes torneos internacionales. Por los puntos Elo el ajedrecista profesional vendería su alma al diablo sin dudarlo.

En la última lista de la Federación Internacional, Kasparov es el rey indiscutible, seguido a clara distancia por Karpov, quien ya tiene encima a dos monstruitos de la nueva ola: Gelfand e Ivanchuk. El quinto es Bareev, otro joven, empatado con Gurevich y el estoniano Ehlvest. Estos tres, junto con Yudasin, Salov y Beliavsky, se encuentran en un pañuelo de diez puntos, lo que supone una distancia deportiva mínima.

Este ranking ha chocado al mundo del ajedrez, ante la paradójica evidencia de que, por vez primera, los diez mejores del escalafón son soviéticos soviéticos, es decir, no sólo por nacimiento, sino que siguen residiendo en la URSS.

Por vez primera, los diez mejores del escalafón son soviéticos soviéticos, es decir, no sólo por nacimiento, sino que siguen residiendo en la URSS

La sorpresa radica en la convicción generalizada de que el éxodo en escalada que viven los grandes jugadores del este, sumado al contacto de los ajedrecistas soviéticos con los mejores talentos occidentales, limaría las diferencias. Pero no fue así. Las deserciones del país de Iván el Terrible habían empezado con Alla Kuschnir, que emigró a Israel hace más de veinte años. Siguieron los grandes maestros Anatoli Lein y Leonid Shamkovich. Más tarde, Igor Ivanov aprovecharía una escala técnica para quedarse en Canadá. Luego, Alburt. Luego, Liberzon y Djindjihashvili.

Todo esto era significativo, pero poco significante. Lo fue más la insistencia del excampeón mundial Boris Spassky por quedarse en Francia, pero en definitiva su mujer era francesa. Korchnoi supuso la total ruptura y el enfrentamiento: la disidencia. Se quedó en Suiza. Desde entonces, no se da abasto en el recuento. Siguen dos figuras: Gulko y Psajis, así como el jovencísimo Kamsky, a quien su padre, un ex luchador tártaro, se encarga de curtir a base de coscorrones.

Con todo, los diez primeros excluyen a estos buscadores de la tierra prometida. O los excluían, pues el río sigue su curso. Yudasin se va a Boston; Jalifman, la estrella de Leningrado, se instala en Francfort. Y ahora mismo Gurevich ha cerrado contrato para irse a vivir a Bruselas.

Los fenómenos de hoy barajan cifras millonarias y hablan de dinero con una desenvoltura tal que deja chiquitos a los agentes de Hollywood. Han pasado ya los tiempos en que Bobby Fischer, a sus catorce años, escandalizara al ex campeón norteamericano Fine, diciéndole que cobraba 500 dólares por una exhibición de simultáneas. “¿Y has dado muchas?”, le preguntó Fine. “Hasta ahora, ninguna”, fue la escueta respuesta del joven ídolo.

Los diez ajedrecistas que encarnan la flor y la nata del tablero mundial representan a tres generaciones bien diferenciadas: la de Karpov y Beliavsky, que se acerca a los cuarenta años; la de Kasparov, Ehlvest, Gurevich, Yudasin e incluso Salov, que podríamos llamar generación joven, ronda la treintena, y los cachorros de la nueva ola: Ivanchuk, Gelfand y Bareev. Éstos tienen a su lado al indio Anand y al también soviético Dreev. Detrás, sólo a dos prodigios occidentales a quienes todavía les queda mucho por aprender: el francés Joël Lautier y el británico Michael Adams.

El carrusel del ajedrez sigue su camino y mientras el campeón Kasparov hace y deshace, se prodiga en torneos y en proyectos comerciales, impulsa asociaciones políticas, habla, declara y permite que el mundo le mime, el futuro inmediato se yergue amenazador para él. La gran amenaza es un joven que mira al vacío, es presa de tormentosos ataques de nervios y se empecina en su obsesión ajedrecística: Vassili Ivanchuk.

2 comentarios

  1. Anónimo 02:15, mayo 27, 2017

    Buenísimo

  2. Clery 13:56, mayo 26, 2017

    Muy poco para agregar a que el artículo me ha gustado y mucho…¡Qué simpático es Ivanchuk!…En un medio donde la simpatía no se considera una manifestación de buena educación!!!