literatura, enero 31, 2017

Recuerdo de Arthur Koestler

Recuerdo de Arthur Koestler

Un articulito  de Raúl del Pozo (prensa diaria, hoy) me anima a escribir unas líneas sobre el gigante Arthur Koestler (1905-1983).

Del Pozo nos lo ¿retrata? Con tres contrarios, que son seis, a saber: comunista/anticomunista, sionista/antisemita y seductor/misógino. Este último par no es, en modo alguno contradictorio, e incluso podría afirmarse que el donjuanismo se nutre de una buena cuota de misoginia.

Miembro de joven del Partido Comunista, en 1938 se desilusionó del estalinismo, convirtiéndose pronto en su enemigo acérrimo. En 1940 publicó su famoso ensayo Darkness at Noon (Tinieblas al mediodía), transformado, en un pase de magia del editor, en El cero y el infinito, en su versión española. Un título atractivo, sin duda, pero difícilmente interpretable o representativo.

Prosiguiendo su lucha contra el autoritarismo, en 1950 fue uno de los promotores del Congreso de Berlín, en el que la mayoría de los intelectuales comenzaron a invertir sus simpatías por la URSS, transformándolas en oposición y denuncia. Quienes mantuvieron sus simpatías acusarían a Koestler de canalla, aunque siempre (o precisamente por eso) reconociéndole su genialidad y carisma. Lanzó entonces su lema de combate: “La libertad ha tomado la ofensiva.”

Pero Koestler no era sólo un intelectual comprometido con la realidad política de su tiempo. Lo fue todo: además de hombre de acción, también fue periodista, ensayista, novelista, historiador, filósofo.

Lo que no dice Del Pozo es que, antes que nada, Koestler fue un bravo intelectual antifascista, condenado a muerte en “nuestra” Guerra Civil, porque a los chicos sublevados no les entusiasmaban sus descarnadas y lúcidas crónicas de la contienda, como corresponsal. Sólo pudo salvarse gracias a una de esas milagrosas carambolas del destino.

Una de sus mejores novelas, La tribu número 13, era, por cierto, el libro preferido del Dr. Arpad Elo, el inventor del sistema de ratings en ajedrez. Y el propio Koestler era un gran aficionado a nuestro juego, que también ofició de corresponsal durante el match de Reykjavik entre Fischer y Spassky.

Aquejado de Parkinson y con una leucemia terminal, él y su esposa Cynthia se suicidaron en Londres. Una de las personalidades más destacadas del siglo veinte.

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