René-Victor Pilhes es uno de los novelistas franceses contemporáneos más traducidos. Ganador de dos de los premios literarios de mayor prestigio en Francia (el Médicis y el Fémina), durante toda su vida ha mantenido una intensa relación con el ajedrez.
En 1983 la revista Europe Échecs realizó una extensa entrevista con él, de la que extraemos algunos fragmentos, comenzando por una larga declaración autobiográfica:
RVP: Nací en París en 1934, pero pronto fui a vivir con mi familia a Ariège, en el pueblo de Seix. Cuando tenía 16 años, un republicano español exiliado me enseñó a jugar al ajedrez. A los 19 me fui a Escocia, a Edimburgo, en cuya Residencia Internacional hice una larga estancia. Allí me encontré con muchos rusos y polacos que habían emigrado de los regímenes del Este. Y fueron ellos quienes me abrieron perspectivas sobre el ajedrez. Por primera vez tomé conciencia de que era algo más que un simple pasatiempo. Un ex general polaco, hombre muy cultivado y fuerte jugador, me dijo un día que si quería llegar a apreciar realmente el juego no debía contentarme con jugar, sino que debía hacerme con un par de libros. Compré entonces un pequeño manual, que sigo conservando, Chess Openings de Golombek, en notación descriptiva inglesa. Así empecé a estudiar aperturas y un poco de teoría. Un año después regresé a Francia y comencé a trabajar como redactor publicitario en Air France. Luego fui movilizado por el ejército y destinado a Argelia, donde se desarrollaba la guerra de descolonización. Durante varios años dejé de jugar. Cuando volví de Argelia, satisfecho de lo que creía saber, seguí jugando durante dos o tres años partidas amistosas, que ganaba casi siempre, porque a ese nivel, habiendo jugado bastante y estudiado algunos libros, era mejor que la mayoría de los aficionados a los que me enfrentaba. Esto no sorprenderá a nadie, pues todo el mundo sabe que una cosa es entrar en el mundo del ajedrez y otra muy distinta permanecer en la periferia.
Por esa época comencé a escribir por las tardes. Siempre había querido escribir. Escribí una primera novela, que me rechazaron. Escribí una segunda, que también fue rechazada. No me desanimé. Me puse a escribir una tercera novela, Le Rhubarbe, que ganaría el Premio Médicis en 1965. Una vez finalizado el libro y ya en imprenta, me inscribí en el club de Meudon, club recién fundado por el Sr. Bellas, padre del joven campeón actual. Me dediqué bastante seriamente al ajedrez, estudié y repasé lo estudiado. Estudié la variante Tarrasch, la Tartakower. Conocí a un ex campeón de Francia, Hugo, que se convirtió en uno de mis amigos. Con él hablé mucho de ajedrez y literatura. Me explicó que si había dejado el ajedrez se debía a que en Francia había que decidir entre el profesionalismo o permanecer a su nivel. Más allá de ese nivel, era tierra incógnita. Se había preguntado ¿Hasta dónde puedo progresar? ¿Progresar a mi nivel y dónde detenerse? ¿Y a qué precio?
Por entonces alcancé mi mejor nivel en el club de Meudon y nunca volví a alcanzarlo.
Jugaba en segunda categoría. Recuerdo, sobre todo, una partida que perdí. Jugaba en el primer tablero del club, porque el presidente Bellas se encontraba enfermo. Recibíamos en casa al equipo de Étoile Échecs. Las partidas se jugaban en una especie de hangar. A la hora del comienzo, mi rival no había llegado. Pasaba el tiempo: diez minutos, media hora, su reloj en marcha… Y de pronto aparece un hombre extraño, con una gran barba, una vestimenta extravagante, un rostro no menos fuera de lo común… Era Fernando Arrabal, quien me ganó tras una dura lucha. Acababa de publicar un libro que me había gustado mucho, El entierro de la sardina. Yo, que aún no había publicado nada, me sentía deslumbrado por un hombre del que había leído un libro suyo.
A renglón seguido, me puse a trabajar en un libro que me resultaba muy difícil, Le Loum, publicado en 1969, y dejé por un tiempo el ajedrez. Esto significaba que para mí el ajedrez está íntimamente vinculado a la creación propiamente dicha.
(…)
En 1975 comencé a participar en la vida pública, entre la literatura, la polémica, el periodismo, un poco de radio, un poco de cine…

Por entonces me propuse crear una obra, cuya idea me rondaba desde tiempo atrás: escribir tres novelas voluminosas, un poco al modo de ‘Plexus’, ‘Nexus’ y ‘Sexus’ de Henry Miller, una especie de trilogía con unos trescientos personajes. Pero el problema de su construcción me superaba. Tuve que superar muchas crisis. Para empezar, me preguntaba si tendría la capacidad suficiente para llevar a cabo la tarea, me planteaba todo tipo de cuestiones, que me superaban. Durante el tiempo en que preparaba la obra, no escribía. Sólo hacía esquemas, diseñaba mis personajes, mis capítulos. Componía, por así decir, pero necesitaba otro estímulo que ni la política ni la composición de la obra me aportaban, una satisfacción a mitad de camino entre el intelecto y la creatividad. Fue entonces cuando retomé el ajedrez con una especie de furia personal. Había olvidado muchas cosas. Me dispuse a reaprender y reproducir partidas de maestros. De nuevo, me lancé a la competición, inscribiéndome en el club Caissa. Allí participé en el torneo social, con un resultado honorable. Luego, hice el 50% de la puntuación en el Open de París, perdiendo sólo dos partidas. Alcancé un Elo de 1.850.
Necesitaba otro estímulo que ni la política ni la composición de la obra me aportaban, una satisfacción a mitad de camino entre el intelecto y la creatividad. Fue entonces cuando retomé el ajedrez
Eso fue acompañado de un inmenso complejo de culpabilidad respecto a mi obra. Me repetía sin cesar “ahora deberías concentrarte en tu trabajo. Todo está a punto, pero no lo haces porque tienes miedo. Es posible que, en realidad, no tengas ya fuerza para escribir. Es posible que esa gran novela no sea más que una quimera”.
(…)
Entonces, simultáneamente, comencé a perder partidas de forma incomprensible en mi propio club. Jugadores, por ejemplo, que no pasaban de 1.450 Elo me ganaban. Grandes deslices, a veces incluso dejando colgada la dama. A aquellos resultados razonables vino, de pronto, a añadirse un torneo en el que ¡sólo pude hacer medio punto!
Me di cuenta de que ante el tablero sólo pensaba en mi obra. Pero no en el sentido que pudiera tomarse como distracción, pensaba en ella como un marido que ha dejado a su mujer, que no lo ha hecho en condiciones psicológicas válidas, y que se encuentra en la cama con su amante y no puede consumar el acto porque se reprocha a sí mismo haberse comportado mal. Este complejo fue asumiendo proporciones enormes, y en ese momento comprendí el papel pernicioso que, en determinadas circunstancias, el ajedrez puede representar para un creador. Cada vez que me sentaba ante un tablero en una partida de torneo, antes de mover incluso el primer peón, me decía: “Cada gesto, cada reflexión que hagas, puesto que ayer y anteayer por la tarde y por la mañana no has querido coger tu estilográfica, porque tienes miedo, te hunde más y más en la incapacidad creadora.”

Eso podría interpretarse como un homenaje indirecto al ajedrez: hay una manifiesta e inaudita perversión, puesto que ese influjo no me habría sucedido con otras cosas. Seguí frecuentando los medios ajedrecísticos, seguí perdiendo, lo cual se acompañaba de interminables actos de contrición ajedrecística, y me encontré en un período de transición en el que no iba a mi club, ni jugaba partidas oficiales y, sin embargo, eso no significaba que escribiese, pues tenía miedo de la hoja en blanco. Tenía mi juego en la mesa, me sentía en un estado contemplativo. Examinaba alguna partida de maestros y maquinalmente hacía circular a mis personajes sobre el tablero, junto con las piezas y peones, pero sin participar en la lucha, sin reflexionar sobre ellos. Mi entorno y yo comprendimos finalmente que el ajedrez constituía una gigantesca coartada a mi miedo de afrontar la obra propiamente dicha. Entonces decidí no volver a poner los pies en mi club, a no reproducir más partidas de ajedrez, dejar de lado el tablero, nada de problemas o posiciones que resolver, mientras que mis personajes no llegasen a cierto punto de su itinerario.
EE: Cuando atravesó usted esa crisis, ¿no pensó en comentar sus problemas con otros creadores, escritores, pintores, músicos, para saber si ellos tuvieron las mismas dificultades y, de ser así, cómo las superaron?
RVP: Eso requiere una gran serenidad. Te encuentras en tal estado crítico que ni siquiera se te ocurre la idea de consultar con alguien una cuestión tan íntima y misteriosa. A partir del momento en que ya no acuso al ajedrez de mi incapacidad creadora en literatura, del momento en que le hago justicia, mi tribunal interior decide que el ajedrez no tenía culpa de nada.
Cuando alguien como yo que vive de ese modo la literatura prefiere, en un momento dado, antes que leer un libro, reproducir una partida de maestros, es que hay gato encerrado. Formo parte de esos ciudadanos para quienes reproducir una partida magistral viene a ser una jubilación. Me digo: el sábado próximo voy a estudiar tal o cual partida de Kasparov contra Beliavsky, y eso se convierte para mí en un objetivo. Lo formidable del ajedrez, como de la literatura, es que no es preciso ser un Voltaire para apreciar lo que éste ha escrito, pues de ser así sería una aberración, teniendo en cuenta que él escribió para los demás. Con los jugadores de ajedrez ocurre algo parecido. De ahí la importancia de buenos comentarios al reproducir la partida. Coloco mis piezas, enciendo un buen puro, inicio la partida y la estudio durante dos horas, como si leyese una novela. La última partida que “leí” de ese modo fue la que disputaron Karpov y Portisch durante la Olimpiada (1), una Defensa Petrov, en la que muchas jugadas me habrían dejado perplejo de no ser por los detallados comentarios que otros grandes jugadores hacen al explicarla.
Tengo en común con todos los jugadores de ajedrez el amor por este juego, lo que me aporta, en el sentido cultural, real y profundo del término, como un libro o una obra filosófica
Tengo en común con todos los jugadores de ajedrez el amor por este juego, lo que me aporta, en el sentido cultural, real y profundo del término, como un libro o una obra filosófica. Además, esos desequilibrios cíclicos que he tenido con mi literatura me dicen que el ajedrez no tiene nada de vulgar, puesto que entra en competición con mi trabajo. Se convierte en la coartada, o en la víctima, o bien se venga. El ajedrez te dice: “quédate dónde estás, porque si no lo haces y te caes, no me culpes, respétame”. Entonces te sientes desamparado, tanto ante el ajedrez como ante tu obra, y sólo tú puedes situar a cada uno en su lugar, porque el ajedrez y tu obra no son una misma cosa: tú no eres el campeón del mundo de ajedrez.
(1) Se refiere a la partida Karpov-Portisch, Olimpiada de Lucerna, 1982. 1-0 en 27 jugadas.
Algunas novelas de René Pilhes
La Rhubarbe (1965, Premio Médicis)
L’Imprécateur (1974, Premio Fémina)
La Bête (1976)
Les Plaies et les bosses (1981)
La Pompéi (1985)
La Médiatrice (1989)
La Position de Philidor (1992)
La Jusquiame (1999)
La Nuit de Zelemta (2016)
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