ajedrez, septiembre 27, 2014

ZURICH 53 (PRÓLOGO)

FINAL DEL PRÓLOGO
A. Gude

(…)
La supuesta excentricidad de la sugerencia que sigue puede tornarse en algo muy digno de consideración, a poco que el lector haga cábalas sobre ella:

«Basta un poco de sentido común para comprender que es mucho más fácil jugar con blancas que con negras. Por ello, se debería  recompensar a las negras con 0,1 puntos más que a las blancas, si la partida resultase tablas. Esta mínima modificación en la valoración de las tablas podría elevar el interés de las blancas por ganar la partida y el de las negras por empatarla. Lo importante es que desaparecería la división de un punto en dos partes iguales.»
Esta reflexión del Bronstein-pensador de ajedrez nos trae a la memoria aquella proposición de Lasker, con diversas evaluaciones para algunos casos de tablas, como ahogado, etc.
Las ideas fluyen a la mente de Bronstein a un ritmo incesante. Se diría que el gran hombrecillo nada puede hacer por contenerlas… nada, si no es darles salida lo antes posible. Hace poco pudimos leer que a iniciativa suya había celebrado un match a cuatro partidas con Tal, uno de sus mayores cómplices y admiradores. El encuentro, con tiempo controlado, se disputó –y ésta es la novedad— de acuerdo a la extravagante propuesta de B., es decir, las cuatro partidas simultáneas. Una idea más, otro ejemplo de la preocupación de nuestro hombre por la creación de nuevas fórmulas que reaviven el interés por nuestro juego. Todos estos proyectos y sugerencias constituyen otros tantos signos del entusiasmo y profunda devoción que Bronstein profesa por el ajedrez.
ZURICH 1953 es un libro magnífico. Pocos libros de ajedrez habrán sido objeto, por parte de su autor, de tanta dedicación, de tanto esfuerzo y análisis. Muchos menos aún podrán ofrecernos una expresión tan elegante y precisa, un tan proverbial derroche de inteligencia, de sensibilidad y de penetración ajedrecística. Que el lector, una vez más, juzgue por sí mismo.
El subtítulo con que se presenta el libro («Ajedrez de Torneo» –en realidad, el editor lo convirtió en título principal, pasando a ser «Zurich 1953» el subtítulo) creemos ilustra adecuadamente el deseo de B. de ofrecer una colección de partidas magistrales que, junto a jugadas extraordinarias y errores, mostrase las bellezas y desilusiones del torneo, la ansiedad y la combatividad, la dureza, en suma, del ajedrez de competición.
3.
Hay fundadas razones para creer que Bronstein es un mortal como nosotros (¿Cómo nosotros?), pero si en un nefasto día no contemplado por el calendario gregoriano Bronstein decidiese dejar este pobre y absurdo mundo, su fantasma a no dudarlo acudirá como espectador a todos los torneos y hará guiños a los ajedrecistas, y cuando se canse de jugar partidas rápidas con Tal y con Stein (o su fantasma), acudirá a visitar la colección de ajedreces de su dueño carnal, los ordenará cariñosamente y desempolvará los amarillentos libros, y por entre sus páginas rebuscará con cuidado las partidas de Chigorin y Morphy que le son más caras y las reproducirá en uno de sus tableros predilectos. Luego es muy posible que escuche tangos a media voz, que lea detenidamente a Gogol y que festeje la medianoche con un Martini sazonado por unas gotas de buen vodka.
Este Señor del Tablero, David nacido para ser Goliath, Don Quijote visionario y brujo, bibliotecario de Babilonia y funámbulo, atroz alquimista y Gulliver incansable, se ha echado sobre los hombros una maldición única y terrible: la de eternamente perseguir la belleza y salirle al encuentro en un tablero damasquinado.
Muchas y fundadas razones para creer que Bronstein es mortal, pero su ajedrez, el ajedrez de Bronstein, es inmortal.
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