literatura, diciembre 11, 2013

DADOS A LA DERIVA (2)

4
 
Aquel día había remado lejos, en compañía de su amigo. Afortunadamente, era un día apacible, el deslumbrante mar en calma. A la entrada del golfo vieron un gigantesco buque viejo, que por su aspecto debía haber sido «en vida» un petrolero. Ya no era nada, sino una mole presta para el desguace. Inmensas anclas a proa y popa sujetaban su casco al fondo. ¿Quién podría sustraerse a la tentación de subir a bordo? No, desde luego, el adolescente Steiner, ni el otro muchacho, que vivían la emoción del gesto con toda la intensidad que sólo el mar permite. Escalinata semiderruida, planchas vetustas, herrumbre por doquier, Steiner y su amigo pisaron triunfales la cubierta. Cabos podridos. No se atrevieron a bajar a las bodegas, pero sí entraron al castillo del puente. Óxido, pintura descascarada, mil restos de artilugios en otro tiempo útiles. Puertas arrancadas. En uno de los camarotes, Steiner se encontró de bruces con un cofre de madera tallada. El cofre no contenía ningún tesoro, a menos que pueda considerarse como tal a unos mágicos trebejos de ajedrez. Sintió una sensación parecida a la del pescador que había descubierto las famosas piezas escandinavas en un banco arenoso de la Isla de Lewis. Pero Steiner no sabía que su emoción era parecida, porque nunca había oído hablar de la Isla de Lewis ni, mucho menos, de las piezas escandinavas y apenas sí podía identificar a unas piezas de ajedrez. Unas piezas que, naturalmente, no pudo por menos que rescatar como justo botín del abordaje. Nunca lo olvidaría. Es decir, lo recordaría siempre. Había sido su gran aventura marina.
 
 
5
 
Tenía 51 años. Se cuestionaba su propia existencia. No estaba deprimido: estaba harto. Veía, cada vez con más frecuencia, los molestos puntos negros desfilando ante sí: «moscas voladoras», no, «volantes», le había diagnosticado un médico amigo. Qué estupidez, cómo si pudiese haber moscas que no volasen, salvo aquellas a las que los niños les arrancan las alas, como el propio Steiner-niño, en uno de sus raros rasgos de crueldad. Los demás habían sido menos graves que excesivos: por amor.
Aquella ridícula manía suya de acudir a las partidas importantes siempre vestido con un traje azul marino… Lo cierto es que cuando se había decidido a vulnerar tal costumbre, en un esfuerzo por vencer la superstición, los resultados le había reafirmado en la ineludible necesidad de vestir de azul marino, no como una garantía de éxito, sino como u probable antídoto contra el fracaso…
Se despertó de su sueño con palabras angustiosas: «azar… dados… azar». Y ante la pregunta de su esposa, «¿Qué te pasa? ¿Tenías una pesadilla?», «Supongo que sí… soñaba con que alguien arrojaba lentamente unos dados gigantes… unos dados que podían gobernar el azar, como si fuesen el timón invisible de un barco a la deriva…»
Miraba al tablero y veía una secuencia de Chigorin, la página de un libro querido, el color de la mermelada, el mar abierto, la sonrisa enorme de Lisa, sus hermosos labios. Lisa. El bosque, el camino de las manos, el amor, el ensueño. Pero entonces el aire, cargado de tabaco y de cansancio, vagos efluvios de café y la apenas perceptible maquinaria del reloj. Siniestra esfera, policía implacable del tiempo. De mis alientos de jugador. Porque para eso me sentaba yo ante un tablero: para ganar un fina ganado, para defender una partida perdida, para perder dignamente cuando no se podía ganar o cuando no se podía no perder. El ritmo del reloj. El pulso exterior. Nuestro pulso controlado por el fiscal mecánico. Tac tac tac. Tactactac. Tctctctctctctctc.
 
 
6
 
Sólo recuerdos. Tenía que recordar el concepto humildad cuando el orgullo afloraba con demasiada frecuencia. Tenía que ser más arrogante cuando me mostraba excesivamente humilde, modesto cuando parecía que apuntaba muy alto y más ambicioso cuando la discreción bosquejaba un apunte de pusilanimidad y conformismo. Qué extraño era todo. Qué complicada la educación de un muchacho. Mi padre me quería, me quiso mucho y aun así apenas acertó conmigo, que es tanto como decir que no acertó en modo alguno. Pero, claro, dirán que esto es cruel, que no hay que reprocharle nada a nuestros padres. Y, en efecto, hoy me siento cruel: soy cruel.
Quería a Lisa. «Ser accesibles al acaso», una frase de Nabokov que me había impresionado. ¿A qué, si no, ser accesibles? Hacía frío. Quería irme. Amaba a Lisa. Era introvertido (no era introvertido: era triste). Leía. Comencé a jugar al ajedrez. Sufría. No era feliz. Paseaba cerca del mar. Me gustaba el jazz. Murió mi padre. Me acerqué seriamente al ajedrez. Las gotas de lluvia se congelaban. Existencialismos aparte, ¿quién era yo? Me acordaba de mi padre. De cuando decía: «El hombre no es naturaleza, es historia.» Discutía con un amigo de ajedrez. Mi amigo se enfurecía con algunas teorías de Nimzovich: «¿Cómo se come eso de que un peón es fuerte en sexta y débil en quinta? ¿Cómo demonios llegará mi peón  a la sexta fila si no pasa antes por la quinta?» Me encantaba la bofetada del viento en la cara. Pero Lisa se había ido. Curiosa ironía porque, a diferencia de mí, no quería irse. Seguramente la vería pronto. Nunca volvería a verla.
La maravillosa aparición de las lilas, su desfile de color… pero de qué hablo: había visto lilas en Irlanda, en Bretaña, en todas partes hay montañas de lilas, pero no en Riga. Dejemos las lilas. El recuerdo que me persigue son los versos de Evtushenko:
 
A veces hay dentro de nosotros
tanta noche y es tanta la ruina,
que ayudarnos no puede la memoria,
ni la del corazón, ni la de la razón
(…)
todo se apaga. Pero existe aún
la tercera memoria: la del cuerpo
 
Sí, recuerdo los gritos de mi tercera memoria: el amor, el dolor, la tristeza. También el éxito como grito, pero mucho menos que el fracaso y el adiós.
(continuará)
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