ajedrez, julio 20, 2022

EL MEJOR DE LOS TIEMPOS 1961-2000

Epílogo

 

LAS BOTAS DE SIETE LEGUAS

 

 

Abordar la historia del ajedrez en el siglo veinte puede parecer asunto temerario. Pero si algunos historiadores han sido capaces de transmitirnos la historia intelectual y sociopolítica de la humanidad, la del ajedrez, en comparación con ese universo, no pasa de ser un micromundo. Así pues, por ambicioso que fuese, el proyecto me pareció plausible.

La escritura cronológica, lineal de los hechos debe ser, sin duda, el modo más razonable y orgánico de transmitir la historia, pero en este caso y habiéndome propuesto enfatizar en el aspecto humano del ajedrez, consideré conveniente establecer algunos cortes cronológicos o monográficos, susceptibles de restar monotonía a la narración. Así, los capítulos 17, 18, 20, 21, 22, 24 y 26 están consagrados a las figuras mayores de nuestro juego, y en tales casos fue preciso dar un paso atrás (hasta los años cincuenta, rara vez antes) para afrontar los primeros tiempos de los mismos, hasta el momento de sus mayores éxitos. El único de los capítulos monográficos cuyo protagonista no es un campeón del mundo, está dedicado a Viktor Korchnoi y creo que los lectores lo comprenderán.

Esto no significa que se haya descuidado la información esencial o la metodología al tratar de los principales acontecimientos y hechos del ajedrez en el siglo veinte. Por referirnos sólo a este segundo volumen, el capítulo 19 rinde cuenta de la década de los sesenta, el 23 y 25 de los setenta, el 26 y 27 de los ochenta, y los cuatro últimos de los noventa. Por otra parte, el capítulo 28 se ocupa (cierto que brevemente) del Campeonato Mundial Femenino.

Algunas secciones podrían considerarse caprichosas (como, por ejemplo, Figuras entre bastidores y Una campaña de Tal, capítulo 19, El torneo de Linares, capítulo 27, o El mundo según Morozevich, capítulo 30), pero ¿están injustificadas?

Campeonatos mundiales, torneos de candidatos, olimpiadas y los grandes torneos tienen aquí su lugar y espero que las omisiones hayan sido mínimas. Como en el primer volumen, me he preocupado especialmente por realizar una selección de partidas de la mayor calidad, y que fuese también lo más representativa posible.

Unas palabras acerca de la objetividad. Se da por descontado que un libro sobre historia sitúa en primer plano la búsqueda de la objetividad, la descripción y análisis de los hechos más fieles a la realidad. Pero ese libro está escrito por alguien que por fuerza tiene (o llegará a tener) sus propias impresiones y conclusiones sobre esos hechos y, por tanto, es ineludible que de algún modo el texto tenga un sello personal, aun si se le ha sometido a las necesarias aspiraciones de rigor, es decir, que debería ofrecer una interpretación y una tonalidad propias. De otro modo, sin una visión determinada e individual, en lugar de un estudio y una crónica, la descripción estricta de los hechos no pasaría de ser un seco informe, una enumeración de fríos datos desnudos.

Según una técnica de tipo periodístico, se han incluido en el discurso abundantes declaraciones de los protagonistas (generalmente, en cursiva), con intención, como ya he dicho, de humanizarlos en lo posible, dándoles voz y vivacidad. De esa forma, he tratado de que la presencia de los grandes ases del ajedrez palpitase a lo largo de las páginas del libro.

Las de siete leguas eran unas botas mágicas del folklore centroeuropeo que Charles Perrault rescató en varios cuentos suyos. Con esas botas, el protagonista podía dar pasos  de gigante[1]. En las últimas décadas del siglo veinte, el ajedrez parece haber calzado tales botas, pues su desarrollo y múltiples avances han sido grandiosos. Un solo dato es significativo en cuanto a su práctica global: la MegaBase de ChessBase, desde la prehistoria del ajedrez hasta 1960, contiene 172.000 partidas, mientras que al cierre del siglo se nos ofrecen ya 2.400.000. Una progresión exponencial asombrosa.

En los ochenta entraron en escena las bases de datos, las microcomputadoras dedicadas y los primeros programas de juego para PC. Esto supuso, obviamente, una auténtica revolución tecnológica. Con las bases de datos se podía acceder a un gran número de partidas, con diversas funciones de búsqueda, tablas de torneos, etc. En los noventa llegó Internet, con su información masificada, los tutoriales online y las retransmisiones en directo de los torneos, algo que sólo dos décadas antes hubiera parecido ciencia ficción. Pero el avance más importante y espectacular fue la aparición de plataformas de juego, que acabó con el problema de buscar adversario en los lugares fuera del foco ajedrecístico. Ahora era posible jugar a cualquier hora del día y de la noche, contra rivales de cualquier parte del mundo y al ritmo de juego preferido.

Pero no sólo la tecnología transformó radicalmente el panorama competitivo del ajedrez. Ya desde los setenta la proliferación de torneos abiertos dio lugar a una onda expansiva de popularidad, con nuevas generaciones de adeptos y adictos a nuestro juego. Poco después, a partir de los ochenta, las competiciones escolares y los campeonatos mundiales y continentales por edades abrieron un atractivo universo a escolares, infantiles y juveniles, dando lugar al surgimiento de numerosas hornadas de jugadores prodigiosos y algunas decenas de niños prodigio, batiéndose reiteradamente el récord de precocidad en la obtención del título de gran maestro. Se suprimieron las partidas aplazadas y sus jugadas secretas, se multiplicaron los torneos de ajedrez rápido y blitz y en los años finales de la centuria se pusieron de moda las competiciones por eliminatorias (o K.O.), incluso en las ediciones experimentales de la FIDE con el título mundial y también adoptadas por algunos eventos importantes. Además, se multiplicaron los títulos internacionales, incluidos los de entrenadores y árbitros, y los torneos abiertos siguieron creciendo a un ritmo de vértigo. Por último, los combates épicos de 1996 y 1997 entre Kasparov y la supercomputadora Deep Blue llevaron el ajedrez a las primeras planas de los grandes diarios y a las cadenas televisivas, por ser noticia que, más que atraer a todo el mundo, causaba verdadera sensación.

Más que ebullición, el ajedrez experimentó en los noventa una auténtica explosión de popularidad y a eso contribuyó también el creciente número de jugadores que iban surgiendo en China y la India, países que en la última década ascendieron al rango de potencias ajedrecísticas.

Todo hace prever que, con sus botas de siete leguas, el ajedrez seguirá avanzando a pasos de gigante, si es que la humanidad consigue sobrevivir a sus propias ansias autodestructivas.

 

[1] Exactamente de 33,6 km., pues la legua, una vieja medida francesa, mide 4,8 km.

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