Este primer volumen de una trilogía autobiográfica contiene, además de cien partidas extensamente comentadas, abundante información y crónicas puntuales de la trayectoria de Gary Kasparov (a estas alturas, aún no sabemos cómo se escribe en idioma latino su nombre propio: ¿Garry, Gary, Gari, Garri?), desde sus inicios en la competición hasta la conquista del título mundial.
Los tres Kasparov
Hay que distinguir a tres Kasparov. El tercero es el que critica duramente a Putin, hoy desde su atalaya de Nueva York y que pretende erigirse en poco menos que un adalid de la democracia universal. Es decir, el Kasparov político, cuyos análisis de la actualidad dejan mucho, muchísimo que desear y quien, abanderado de la perestroika y la glasnost, se subiese en su día al carro de Gorbachov, para trasladarse muy pronto, al de Boris Yeltsin, y luego a diferentes partidos políticos que ni fu ni fa en la escena rusa. Es el Kasparov de ‘El hijo del cambio’, otros libros primerizos y numerosos artículos en la prensa diaria, que no lo dejan en muy buen lugar, porque, entre otras cosas, hubo demasiados cambios en este hijo.
El segundo es el personaje humano, tal cual él mismo ha querido diseñarlo o transmitírnoslo. Es un personaje tan irreal, como ingenuas sus autodescripciones. Veamos algunas de ellas:
“(Mi abuela) me enseñó a ser sincero, a confiar en las personas y a apreciar cualquier creación humana.” (página 12)
“Mi madre me ha enseñado a apreciar las cosas bellas, y a tener principios, honestidad y franqueza.” (14)
“En el fondo soy un romántico, una persona sensible, o al menos así es cómo me veo.” (15)
Cambiar, por ejemplo, su apellido Weinstein por Kasparov fue un gesto “romántico”, de reconocimiento a sus abuelos maternos, quienes lo habían cuidado, tras la muerte del padre. Pero sus abuelos no se apellidaban Kasparov, sino Kasparian. Podemos comprender la utilidad de integrarse en la sociedad soviética, la conveniente rusificación de su apellido. Comprensible y humano, pero no nos gusta que nos den gato por liebre. Eso no es romanticismo. Se llama pragmatismo y es el arte de emprender las acciones más prácticas y beneficiosas. Un arte en el que Kasparov es doctor cum laude.
No hay ni una sola fisura por la que asome algún defecto o autocrítica del carácter o de la propia personalidad. Y en ese sentido, es donde mejor se aprecia que Kasparov siempre ha sido, en realidad, un fiel heredero del culto a la personalidad, preconizado por su odiado Iosif Stalin, y que Nikita Jruschov denunciara en el congreso del PCUS de 1956. Alguien en quien dejó su impronta una sociedad autoritaria, con su corolario: la adoración por sí mismo y el monstruoso ego de un leviatán desatado.
Afortunadamente, y aunque hablar de este libro hace inevitable hablar de su autor, puesto que trata de su vida y sus hechos, procede ocuparme aquí, sobre todo, del primer Kasparov, el genial ajedrecista y campeón del mundo desde 1985 hasta 2000.
Éxitos tempranos
Su declaración inicial me parece creíble y justa:
“Crecí en una atmósfera de estricta disciplina, creada por mi madre. Mi visión del ajedrez se formó en la escuela de Mijail Botvinnik, y mi repertorio de aperturas evolucionó bajo la influencia de mis entrenadores, los destacados analistas Alexander Nikitin y Alexander Sajarov. Aparte de un don innato para la combinación, desde la infancia tuve un ilimitado afán por el trabajo analítico. Estudié todas las partidas de los principales grandes maestros, clasifiqué las novedades y analicé las posiciones críticas, tratando de encontrar mejoras. La elección de un sistema particular de aperturas fue siempre el fruto de un profundo proceso creativo, y ciertamente no una imitación ciega.” (7)
El primer encuentro con Tal, con diez años, en el tradicional match-torneo de los palacios de pioneros, en los que cada equipo estaba compuesto por ocho juveniles que se enfrentaban al líder de los demás equipos en una simultánea con reloj.
Kasparov tenía diez años: “El primer día experimenté una fuerte conmoción al tener delante a una leyenda viva: Mijail Tal. ¡Incluso pude darle la mano! Yo ya había oído acerca del intimidante e hipnótico deslumbramiento con el que paralizaba a sus oponentes. Pero lo cierto es que Tal no necesitó eso para superarme…”
En ese mismo evento le gana a Averbaj. Todo el mundo vislumbra ya al genio.
El niño llama la atención y, con sus éxitos, también llegan algunas decepciones. Su primera partida con Karpov (Leningrado, 1975) tuvo lugar en otro de esos encuentros de jóvenes pioneros. Con doce años, llevó la iniciativa durante todo el juego, logró posición superior, pero cometió un grave error y acabó perdiendo. Su conclusión: “Tienes que luchar hasta el final, incluso si tienes posición ganadora.” Algo similar le sucede con Korchnoi, donde tuvo que conformarse con tablas, muy a pesar suyo.
Pero los éxitos son numerosos y espectaculares: campeón juvenil de la URSS (a los 12), que revalida al año siguiente ¡con 8,5 de 9!, su primer torneo internacional, el Memorial Sokolsky, que también gana, delante de maestros consagrados, como también la semifinal de Daugavpils, debut en el Campeonato Soviético, donde sólo puede finalizar noveno.
El torneo de Banja Luka (1979) es su primera actuación internacional con adultos, y vence, por delante de Andersson, Smejkal y Petrosian.
Después de esto, todo viene más o menos rodado.
Crónica de un campeón anunciado
Lo que siguió es bien conocido.
Las cosas toman forma gradualmente. El destino y los resultados van modelando un cuadro y la escalada de un campeón, siempre con trazos fuertes y decididos y un espíritu combativo y de autosuperación, inculcado por su madre. Nadie puede negarle eso a Kasparov.
Al bronce en el Campeonato de la URSS de 1979, sigue la participación en el Campeonato de Europa por equipos de 1980 y más hitos: el título de gran maestro, profeta en su tierra, Bakú 1980. Campeón mundial juvenil ese mismo año, Olimpiada de Malta, Moscú 1981, Mundial de estudiantes (en el que arrasa, con 9 de 10), fracaso en Tilburg 81 (9º), campeón de la URSS (empatado con Psajis), 1º en Bugojno 1982 y en el Interzonal de Moscú, Olimpiada de Lucerna (donde gana la famosa partida, con negras, a Korchnoi), 1º en Niksic 1983 y los matches de candidatos en 1983, , en los que elimina a Beliavsky, Korchnoi y Smyslov. El segundo match del siglo URSS-Mundo, en Londres 1984, donde vence a Timman en su match individual.
Por fin, la culminación: el encuentro por el título mundial con Anatoli Karpov. Se ha contado desde infinidad de perspectivas, incluida la suya propia y todos sabemos que aquel match fue suspendido por el presidente Campomanes, cuando el marcador señalaba 5-3 a favor del campeón vigente. El match se reanudaría unos meses después, pero esa será la historia del segundo volumen.
Autoridad de sumo pontífice
No hay que decir que, cuando se trata de analizar y despiezar las tramas ajedrecísticas, las afirmaciones de Kasparov adquieren tintes de bula papal, pues su autoridad y clarividencia casi se equiparan a la supuesta infalibilidad del Papa en materia teológica. De esto no hay duda: reinó con gran dominio sobre el tablero damasquinado y sus análisis y comentarios técnicos apenas contienen hoy errores o imprecisiones, habida cuenta, además, de su intenso trabajo con excelentes analistas, ordenadores y módulos, y el rigor autocrítico al que somete sus partidas.
Aunque algunas de estas partidas ya eran conocidas y aparecen en otros libros del autor, muchas de ellas no lo son, al menos no comentadas por él y con la amplitud y precisión enriquecedoras de su revisión actual. He visto bastantes juegos que ocupan siete u ocho páginas de una tipografía pequeña a doble columna, lo que da una idea de la minuciosidad de los comentarios.
Kasparov se retiró relativamente pronto de la competición. Pero eso no significa que haya dejado el ajedrez. Muy al contrario, está presente en todos los saraos y actos significativos. No olvidemos que es una fuerza de la naturaleza y que su mayor temor, según propia declaración, es convertirse en alguien prescindible: su ego no se lo permite.
Las crónicas introductorias en cada punto de su carrera son verdaderamente expresivas y hasta minuciosas y debo decir que me han sorprendido muy favorablemente, porque si bien se conocían muchos detalles, la narración se ha ampliado de forma considerable, enriquecida con numerosas citas de grandes maestros y otros especialistas, y este libro nos da acceso a infinidad de datos, actuaciones y material ajedrecístico de primerísima calidad, obra de uno de los más grandes protagonistas de la historia del ajedrez. Diría que se trata de un libro imprescindible.
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