ajedrez, mayo 13, 2025

¿ACASO EXISTE EL AJEDREZ?

¿ACASO EXISTE EL AJEDREZ?

 

Este artículo es una reflexión sobre el asedio que el ajedrez sufre por parte de las distintas formas de cultura y sobre su asentamiento en el mundo actual como disciplina lúdica.

 

En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez

¿cuál es la única palabra prohibida?

     –La palabra ajedrez.

 

JORGE LUIS BORGES

El jardín de los senderos que se bifurcan

 

 

El ajedrez, ese juego al que tantos han pretendido convertir en tantas cosas ajenas a su naturaleza, ha sufrido una de las colonizaciones más atroces de la historia. Y, a juzgar por algunos indicios de la realidad, a va a seguir sufriéndola, lo que resulta tanto más escandaloso cuanto que, aun abarcando el mundo entero, su geografía carece de confines.

Esta expropiación, que sin embargo no ha alterado en lo más mínimo la esencia del ajedrez, se ha llevado a cabo con total impunidad y alevosía por parte de:

 

  • Rastreadores de símbolos
  • Moralistas
  • El arte y otras disciplinas culturales
  • La informática y la ciencia ficción

 

Los rastreadores de símbolos

Seguramente nadie negará que la simbología, además de ardua empresa cultural, puede constituir un ejercicio lúdico perfectamente lícito. Pero la simbología debe basarse en descifrar símbolos, no en establecer burdas ecuaciones o asociaciones inmediatas, sin otro asidero que un par de alfileres. De otro modo, el aluvión de propuestas descabelladas podría no tener límites. Recordemos, en este sentido, el magnífico sarcasmo de Herman Hesse en El juego de los abalorios, donde los doctorandos de una refinada universidad están obligados, por leso elitismo, a demostrar su destreza intelectual abordando escarpadas tesis que estudian las relaciones más absurdas, como podrían ser La flauta china en el siglo XVI y el comercio de la sal en la bolsa de Amberes, o La angustia del juglar al amanecer y el florecimiento de los almendros, o aun La visión cosmogónica de Schopenhauer a través de los espejos deformantes.

     Ciertos hallazgos de estos buscadores de símbolos no dejan de ser ingeniosos, a la par que ingenuos. Parece interesante, por ejemplo, profundizar en la idea del tablero como teatro o representación del mundo, de la ciudad. Otras ocurrencias, en cambio, apenas superan el rango de disparate.

Detengámonos en algunos de estos maravillosos símbolos. Nadie ignora que el 8 es un poderoso número cabalístico, que informa diversas claves simbólicas. Como el tablero de ajedrez tiene ocho casillas por cada lado, esto suscita referentes míticos como la rosa de los vientos, los brazos de Vishnu o las esferas que rodean la Tierra, pero la cuestión es ¿por qué habría de ser trascendente el número de casillas de una fila del tablero y no, por ejemplo, las ocho sartenes de la tía Gertrudis, los cuatro mosqueteros (multiplicados por dos) o, digamos, los ocho días que quedan para la llegada del verano?

El 260 es otro número mítico, resultante de los llamados cálculos de Mercurio, según los cuales el recorrido de diversas piezas por todo el tablero arroja esa cifra final. Ahora bien, ¿es eso trascendente porque sucede en el tablero de ajedrez? Porque a nadie se le ocurriría que lo fuera si es el número de la calle en que vive o si resultara ser el precio actual de las zanahorias.

Tampoco podía pasarles desapercibida a estos adalides de la especulación la más evidente de las oposiciones simbólicas: la que separa al blanco del negro, contrarios en los que todo el mundo ve sabiamente reflejada la eterna lucha entre el bien y el mal, la luz y las tinieblas. Un tópico pasado, por su penosa simpleza. Si en todo tiempo han prevalecido los matices, hoy más que nunca los distintos tonos de claroscuro han desplazado a este tipo de símbolos, emparentados con un oscurantismo atávico. Siglos antes de nuestra era, Heráclito de Efeso hablaba ya, en su teoría de contrarios, de armonía de tensiones opuestas, antes que de una absoluta oposición entre ellos.

Dejando a un lado la dialéctica, las casillas del tablero no siempre han sido blancas y negras. En Asia tenían diversos colores, según el lugar y la época. Entre los árabes prevalecideron durante largo tiempo el rojo y el marfil, colores que también reflejan las miniaturas del códice de Alfonso X. Un autor rabino español, R. Jedahiah indica en su libro sobre el ajedrez, Delicias del Rey, que el tablero está compuesto por casillas alternativas de color rojo y negro:

 

Para jugarle debe hacerse en

     tablero cuadrado, dividido en 64

     divisiones ó casas, de dos distintos

     colores, que por lo regular son

     encarnado y negro…

 

De modo que lo único que parece cierto es que el tablero de ajedrez ha tenido siempre colores distintos alternados y aun esto es materia para un debate que se resiste a ser agotado. Este hecho refutaría, por sí solo, cualquier especulación en torno a la simbología derivada de la oposición blanco/negro, dado que estos colores no monopolizan los del tablero ni los de las piezas del ajedrez.

Por otra parte, también es discutible la vigencia del blanco como símbolo exclusivo del bien y la pureza. En su búsqueda, a lo ancho de todos los océanos, de la monstruosa Moby Dick, el maestro Herman Melville alertaba ya sobre el horror de la blancura:

 

…a pesar de este cúmulo de asociaciones con todo lo que es dulce, honroso y sublime, se esconde algo en la más íntima idea de este color, que infunde más pánico al alma que la rojez aterradora de la sangre.

 

El blanco, precisamente por su ausencia de color, puede representar para el ser humano el terror en su expresión más pura, si lo asociamos a imágenes como el tiburón blanco de los trópicos, el oso polar, la cadavérica palidez de un muerto o el sudario en que se aparecen los espectros (incluidos los peligrosos fantasmas del Ku-Klux-Klan), por no hablar del horror que puede inspirarnos un desolador paraje completamente tapizado de nieve o hielo.

¿Por qué se produce esta barahúnda especulativa? Porque todo juego releva de un ámbito sagrado y el ajedrez, por la identificación figurativa de sus piezas, sus interpretaciones polisémicas y las numerosas hipótesis acerca de sus orígenes (¡sus remotos orígenes!) propicia múltiples sugestiones, planteando continuos retos a la imaginación y a la fantasía.

 

Moralidades y moralismo

La era medieval nos ha legado un buen número de libros de moralidades o sermonarios, en muchos de los cuales el ajedrez sirve de cabeza de turco a un sinfín de “loables” comparaciones entre piezas y la función social de nobles, campesinos y demás.

A grandes rasgos, el periplo moralista se inicia con el monje lombardo Jacobo de Cessolis, cuyo libro es adoptado como una suerte de manual por el clero, y llega a ser de los más difundidos de todos los tiempos. Siguen numerosos autores, todos ellos embarcándose en la eterna cruzada del Bien contra el Mal, con las iluminadas fuerzas del Bien en la estrategia de ataque y las del Mal a la defensiva, con el único designio de sobrevivir.

Moralistas de muy distinta época y condición han elogiado al ajedrez sobre la base de sus supuestas virtudes, sus cualidades para forjar el carácter, estimular el intelecto y demás, pero sobre todo en el marco de la cruzada contra los juegos malignos, dados y naipes en especial, sobre la base también de que éstos desarrolaban los bajos instintos y el ajedrez no. En general, hay una reducción al esquema que tiende a ver en nuestros actos una escaramuza moral con consecuencias en la realidad. Dicho de otro modo: a buenas acciones, buen futuro y recompensa; a malas acciones, fracaso y condenación. A estas alturas sabemos que eso no es así y seguramente también lo sabían ellos. Los “buenos” actos no conducen necesariamente al éxito, y el fracaso no siempre es la consecuencia de nuestros “malos” actos.

Lo que no decían los moralistas del medievo, ni otros posteriores como Benjamin Franklin, es que su única preocupación era de tan bajo vuelo y tan poco virtuosa como los juegos que condenaban, a saber, una preocupación de índole estrictamente material, por los riesgos en que incurría el jugador y sus posibles efectos contaminadores sobre la sociedad: en otras palabras, el horror que les infundían las apuestas por dinero.

Pero no siempre se ha ensalzado el ajedrez. Ha sido condenado y hasta perseguido con saña. Autoridades religiosas lo condenaron en distintas religiones y contextos, y en la cristiana llegó a darse el caso de que algunos impulsores de tal condena (por “satánico e impío”) la recomendasen a jerarquías superiores… ¡entregadas por completo a la práctica del ajedrez!

Por otro lado, muchos de estos paladines habrían, sin duda, modificado su postura acerca del ajedrez de haber vivido en nuestra época, cuando existen numerosos profesionales, es decir, jugadores que se ganan la vida ante el tablero. Aquellos insignes defensores podrían contemplar hoy, horrorizados, que el ajedrez ya no es sólo un juego para mucha gente, sino deporte de alto nivel, con lo que eso supone de actividad remunerada, cachets o fijos, premios y lucha despiadada sin cuartel. Apenas pueden caber dudas de que los entonces abanderados del ajedrez lo habrían condenado sin paliativos, como hizo el filósofo Maimónides, al proponer que “a los jugadores de ajedrez no debería permitírseles declarare ante los tribunales de justicia”. ¿Por qué? ¿Por no ser fiables en sus declaraciones? ¿Por qué tal vez se les consideraba sujetos de mal vivir? De esta propuesta del sabio de Córdoba se infiere que no gozaban de buena reputación, pero las amplias miras de Maimónides podían haberse estrechado en este punto por los prejuicios de la época.

Ajedrecistas como nuestros Lucena y Ruy López (siglos XV y XVI), que podríamos considerar profesionales, puesto que ambos se dedicaron a jugar y escribir libros sobre ajedrez, no dan precisamente consejos ejemplarizantes, sino que los suyos entroncan más bien con la actual filosofía competitiva del ganador, del vencer a toda costa, convirtiéndose en recomendaciones pragmáticas, mucho más propias de un tahúr que de un moralista.

Pero la cuestión de fondo es que el ajedrez no puede rebajarse a un supuesto carácter utilitario, porque la utilidad del ajedrez no existe, como no existe la de ningín arte. Recordemos la implacable certeza de Oscar Wilde: “Todo arte es perfectamente inútil”, que nadie hasta ahora ha podido refutar y que una autoridad del calibre del profesor Harold Bloom, en su reciente obra El Canon occidental, ha reivindicado, a propósito de la literatura. Como todo arte, como todo juego, el ajedrez es perfectamente inútil. Permítasenos citar a Johan Huizinga cuando, al pasar revista a las características del juego en general, en su Homo ludens afirma:

 

Se trata de una acción que se desarrolla dentro de ciertos límites de tiempo, espacio y sentido, en un orden visible, según reglas libremente aceptadas y fuera de la esfera de la utilidad o de la necesidad materiales. El estado de ánimo que corresponde al juego es el arrebato y el entusiasmo, ya sea de tipo sagrado o puramente festivo, según el juego, a su vez, sea una consagración o un regocijo. La acción se acompaña de sentimiento de elevación y de tensión y conduce a la alegría y al abandono.

 

Arte, cine y literatura

Los símiles ajedrecísticos han impregnaddo todas las áreas del lenguaje cotidiano, sobre todo aquéllas que ocupan los medios de comunicación (economía, política, sociología, deportes), como consecuencia de la creciente popularidad de ajedrez y del pintoresquismo que algunos periodistas creen detectar en ellos. Expresiones como “jaque al rey”, “jaque a la dama”, “jaque al jeque” son autosuficientes. “Cambio de alfil” (en alusión a una sustitución diplomática), “Yeltsin se enroca” (para significar una inhibición del personaje), “partida de ajedrez en el centro del campo” (a propósito de un partido de fútbol) se han convertido ya en lugares comunes de la prensa diaria, lo mismo que las ilustraciones gráficas con que se complementan algunos reportajes políticos o sociales. Pero ésta es materia sociológica sobre la que no nos detendremos.

Tampoco nos ocuparemos del expolio sufrido por el ajedrez por parte de los medos publicitarios y sus creativos. Un buen analista debería establecer algún día el impacto de las imágenes que el ajedrez, a pesar suyo, ha aportado y sigue aportando a anuncios, spots y todo tipo de ofertas publicitarias. El confort y el placer asociados con el ajedrez (un buen habano, una buena copa, un buen juego de marquetería y dos contendientes, todo ello al amparo de una chimenea hogar) pueden constituir el colmo del refinamiento para quienes están situados en el lado bueno (el alto standing) de la llamada sociedad de bienestar.

No hay lugar tampoco para detenernos en la utilización del ajedrez como moneda comparativa en disciplinas como la filosofía. En lingüística Ferdinand de Saussure, y en filosofía del lenguaje Ludwig Wittgenstein y George Santayana han recurrido al ajedrez como símil perfectamente discernible.

La literatura y el arte han vampirizado con saña el ajedrez, madre-tierra de todos y de nadie (por muy pocos sembrada y por todos o casi todos cosechada). Desde algunas narraciones árabes (el mate de Dilaram, la formulación de los mansubat, auténticas tramas de serie negra), pasando por los cantares de gesta y romances medievales, donde tomó carta de naturaleza contar/cantar cómo dos príncipes o dos nobles se jugaban al ajedrez los amores de una doncella o una ciudad, la inspiración y los temas ajedrecísticos aparecen en infinidad de libros de ficción, poemarios, piezas de teatro o autobiografías. La lista de escritores en cuya obra ocupa el ajedrez un lugar recurrente sería interminable, pero vayan, como muestra, algunos de los nombres más destacados: Denis Diderot, Madame de Sévigné, Lev Tolstoi, Antoine de Saint-Exupéry, Miguel de Unamuno, Lewis Carroll, André Gide, Sinclair Lewis, Samuel Beckett, Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges, Stefan Zweig, Elias Canetti, Arthur Koestler, Witold Gombrowicz, Homero Aridjis, Patrick Süskind, Kurt Vonnegut, Isaac Bashevits Singer, Julian Barnes, Fernando Arrabal… Arrabal es un ajedrecista empedernido, como lo fueron Diderot, Gide, Gombrowicz, Nabokov y Koestler. Muchos de estos autores encuentran en el ajedrez un territorio abonado para sus sueños (y sus pesadillas). A algunos les aporta inmejorables símiles y metáforas para sus imágenes poéticas (caso de Borges). Otros se mantienen en términos de alta complicidad con el ajedrez y no pueden eludir mencionarlo, hablar de él en muchos de sus libros, sean del género que sean, caso, por ejemplo de Gide, Saint-Exupéry y Nabokov, o de Canetti, que lo incluyó de forma sustancial en su única novela y, al igual que sucede con Gombrowicz, es duende que aparece aquí y allá en sus hermosas memorias.

Hay adictos confesos al ajedrez que siempre lo llevan consigo en sus viajes y en sus aventuras intelectuales. Tal es el caso, por ejemplo, del profesor, filólogo y crítico literario George Steiner, cuyas referencias a nuestro juego no sólo son continuas, sino que admite jugar a diario contra programas de ordenador para mantenerse en forma, además de disfrutar jugando o de mirón en los hermosos cafés europeos de Viena, Odesa o Praga. Arthur Koestler, el brillante autor de El cero y el infinito, fue un cualificado corresponsal en el mundial de Reikiavik entre Fischer y Spassky. Hay otros grandes aficionados, en cambio, que no lo mencionan en su obra, como Maxim Gorki o Julian Barnes.

En el reducido pero fértil coto literario de la cultura céltica hace su aparición el fatum, el destino como supremo demiurgo. Dentro de los Mabinogion hay un relato en el cual dos reyes enemigos juegan al ajedrez en lo alto de una montaña, mientras abajo, en el valle, combaten sus respectivos ejércitos. Sin que ellos lo sepan, las incidencias de la batalla siguen las de su propia partida. Al atardecer, uno de los reyes derriba el tablero de un manotazo, porque el otro le ha dado jaque mate. Poco después llega un jinete ensangrentado que le anuncia: “Tu ejército huye. Has perdido el reino”. La escena es admirablemente hermosa en su fuerza evocadora, por la intervención del destino, que impone un nexo de causalidad entre ambos planos de la lucha.

La fatalidad del todo-está-escrito también queda reflejada en un pasaje de La guerra de las salamandras, del escritor checo Karel Capek.

 

Yo estaba jugando al ajedrez con Belamy en el hall del Hotel de Francia, en Saigón… Perdí aquella partida. De repente, me pareció que cada jugada sobre el tablero había sido realizada ya por otra persona y en otra ocasión. Tal vez nuestra historia haya sido ya “jugada” y henos aquí a punto de mover nuestras piezas con los mismos gestos y encaminarnos hacia los mismos errores…

 

El cine no se salva.  O es el ajedrez quien no se salva del cine, que no ha sido indiferente al poder de seducción del ajedrez, a su enorme reclamo estético, alentado por la posibilidad de hurgar en tramas psicológicas de tipo compulsivo. Pero tampoco aquí vale la pena realizar un inventario que sería prolijo y estaría fuera de lugar. Sólo nos detendremos en algunos ejemplos.

Ingmar Bergman tenía un problema. Le acosaban sus propias dudas acerca de la existencia de Dios y no sabía cómo traducirlas al cine. Entonces surgió ante sus ojos la visión de una pintura anónima, en la que esa cosa innombrable, la muerte, jugaba al ajedrez contra un mortal. El ajedrez pasaría, pues, a ser el pilar que sustentaría su alegoría medieval, en la que el caballero Antonius Block juega una dramática partida con la Muerte. Si gana, ésta le revelará el secreto de la existencia. Si pierde, perderá la vida. Un envite siniestro, enriquecido por el maquiavélico fraude de la Muerte, como veremos en este fragmento del guión:

 

LA MUERTE

Ahora voy a decirte algo interesante.

     EL CABALLERO

¿Qué es ello?

     LA MUERTE

Que he vencido. Serás jaque mate a la próxima jugada, Antonius Block.

     EL CABALLERO

(Como si no le sorprendiera). Es cierto.

     LA MUERTE

¿Tú crees que te ha servido de algo este aplazamiento, ahora que todo ha terminado?

     EL CABALLERO

¡Oh, sí! Precisamente creo que me ha servido de mucho.

     LA MUERTE

En tal caso, me alegro. Y ahora te dejo. Cuando nos encontremos la próxima vez, habrá llegado para ti y tus compañeros vuestra última hora.

EL CABALLERO

Y tú… ¿nos revelarás tus secretos?

LA MUERTE

No tengo ningún secreto.

(El Caballero no puede evitar un gesto de profunda decepción).

EL CABALLERO

Entonces… ¿no sabes nada?

LA MUERTE

Así es. No sé nada.

 

Terence Young, otro director de cine, no tenía ningún problema porque ya lo había resuelto Ian Fleming cuando le dio vueltas a la cuestión de qué profesión-tapadera debería tener el cerebro de la organización criminal Spectra. El autor había comprendido que lo más apropiado para la imagen de un malvado de grandes capacidades estratégicas sería convertirlo en ajedrecista. Y así lo hizo: Kronsteen fue campeón mundial de ajedrez en Desde Rusia con amor, primera entrega de la serie James Bond.

Tampoco tenía problemas J. Lee Thompson (director, entre otras, de Los cañones de Navarone), porque otra vez el guión de Una llamada a las doce estaba servido en bandeja por la novela de Hubert Monteilhet Le Retour des cendres (El regreso de las cenizas). En este caso se trata de un joven inmigrante polaco (Maximilian Schell) que vegeta en una ciudad francesa de provincias, hasta que se encuentra con una atractiva doctora madura (Ingrid Thulin) y su no menos atractiva hija (Samantha Eggar). Esto le hace concebir una pérfida trama criminal y, si hemos entendido las consideraciones que a la industria del cine le merece el ajedrez, el protagonista tenía todos los números para ser un ajedrecista profesional.

El cine se pone al día en los temas del momento. Para felicidad de ChessBase y a mayor gloria de su Fritz, Ingrid Rubio encarna a una programadora de ajedrez, en lucha contra el mundo, en La otra cara de la luna, película que pronto veremos en las carteleras comerciales.

Por último, vale la pena comentar que una actriz anglo-italiana de primera fila, Greta Scacchi, especializada en papeles de corte erótico, explota, aunque quizá involuntariamente, el ajedrez desde su propio apellido (scacchi = ajedrez).

En cuanto a las artes plásticas, a la pintura no le ha pasado desapercibida la fuerza evocadora del ajedrez y son numerosos los cuadros significativos donde se desliza el arlequinado del tablero. Sólo nos detendremos, por su singularidad, en el caso de la insigne pintora portuguesa María Helena Vieira da Silva, que trasladó su inquietante visión La partida de ajedrez (1943), a un universo de casillas de tono blanco/castaño/amarillo en el que, si se distingue un tablero de ajedrez, el arlequinado general todo lo envuelve en una arquitectura onírica que casi hace desaparecer a los jugadores. Una maravillosa pesadilla de la que no podemos librarnos sin perder el sueño.

 

Historia del futuro

Hace décadas que los investigadores informáticos decidieron convertir al ajedrez en su conejillo de indias particular, lo que, por otra parte, ya había sido sugerido por Claude Shannon y Norbert Wiener, padres de la moderna ciencia informática (que en su tiempo llamaban cibernética) quienes, haciendo uso de su condición de profetas, vaticinaron que el ajedrez era el mejor banco de pruebas posible en la búsqueda de soluciones óptimas a los más complejos problemas de ingeniería de la humanidad.

De modo que la informática y su tecnología, lejos de ponerse al servicio del ajedrez –como muchos parecen creer– se han servido de él para sus fines, que no son otros que la conquista de la realidad. Sin embargo, los laboratorios de las multinacionales no fueron los primeros en hacerlo.

Ambrose Bierce, maestro del humor negro, antes de quemar todos sus libros en presencia de los editores de Boston, y antes también de quemar sus últimos días en la vorágine de la revolución mejicana, escribió un cuento en el que el inventor de una máquina que juega al ajedrez responder a la pregunta “¿Puede una máquina pensar?” con la ambigua e inquietante declaración: “A veces la máquina gobierna al hombre”. El inventor, que pasa largas veladas jugando con su máquina, acaba siendo asesinado por ella. Claro que un par de siglos antes, el primer clónico, una criatura artificia ficticia había destruido ya a su creador, en un ajuste de cuentas que el Dr. Frankenstein sin duda merecía, por su desmedida soberbia al competir con Dios en el don de la ingeniería genética.

El debate se inicia con el alumno que supera al maestro y traspasa el umbral de lo imaginable cuando la máquina supera a su creador. Esta idea (aunque no fuese nueva) la concibió mejor que nadie el cineasta Stanley Kubrick (un ajedrecista, por cierto), plasmándola en deslumbrantes imágenes en 2001: una odisea del espacio, donde tiene lugar un desafío dramático entre la computadora Hal y el comandante de la nave. Dramático y trascendental para la humanidad, porque el ganador de esa partida tomará el mando de la nave espacial. Una maravillosa y, a la vez, aterradora metáfora sobre la amenaza planteada por los (¿ingobernables?) seres artificiales, creados por el hombre. También en la novela de ciencia ficción El gambito de las estrellas, de Gerard Klein, se desarrolla una lucha cósmica por dominar el universo.

Con todo, estas anticipaciones del ser humano por vislumbrar su futuro –visiones verdaderamente demoníacas– no se circunscriben a nuestro siglo. Un poco más atrás, en el sugestivo territorio de las leyendas artúricas, hacen acto de presencia escenas dignas de la más sofisticada ciencia ficción. Téngase en cuenta, además, que la acción transcurre en el siglo VI, cuando posiblemente el ajedrez no había sido inventado (y téngase en cuenta también que digo posiblemente).

En una de las traducciones de la saga se cuenta que Sir Gawain, sobrino del Rey Arturo, llega, en su búsqueda del Santo Grial, al castillo del Rey Pescador, donde, en vista de su interés por el ajedrez, se le muestra un tablero de oro, con piezas de marfil unas y las otras de oro. Sir Gawain inicia la partida, moviendo una de las piezas de marfil y se queda atónito al ver que, en respuesta a su jugada, una pieza contraria se juega sola. El juego prosigue hast que Sir Gawain recibe mate. Juega una segunda partida y las piezas de oro vuelven a ganarle, siempre jugando por sí solas. Cuando, en la tercera partida, va perfilándose el mismo desenlace, Sir Gawain, sin poder dominar la cólera, golpea el tablero, arrojando las piezas al suelo.

En dos manuscritos galeses se menciona un hecho similar. Gwenddole ab Ceidio, contemporáneo del Rey Arturo, tenía un juego de ajedrez cuyas piezas jugaban solas. Si, como escribió Borges, “Dios mueve al jugador y éste la pieza”, no es ilógico que el ser supremo haya decidido, en algún momento, prescindir de la marioneta y comunicar directamente su aliento a las figuras del ajedrez. El tiempo del Rey Arturo contenía la suficiente magia para merecer tal privilegio divino.

 

Universo sin fronteras

El ajedrez despierta o evoca en todos nosotros emociones vinculadas a conceptos como atracción, misterio, complejidad y magia, planteando un reto lúdico que ejerce una poderosa fascinación.

La suma de todas las especulaciones que han pretendido mostrarnos un rostro distinto del ajedrez no han podido modificar en absoluto su identidad. El ajedrez no ha recorrido ningún otro camino a través del espejo que no sea su propio camino, un universo estricto y repleto de arcanos, que si algo ha trascendido es su condición originaria de metáfora de la guerra, por obra y gracia de su propio contenido mágico.

El ajedrez ha resistido todas las tentativas de interpretación semiótica a que ha sido sometido para preservar única y precisamente su genuina identidad: rica, intensa, secreta. Para que el ajedrez haya ido conquistando millones de adeptos en un mundo en el que cada vez es más popular, le ha bastado con la modificación natural de su rol sociológico con el paso (y por el peso) de los tiempos, superando su confinamiento elitista o cortesano para instalarse en un territorio mucho menos grandioso pero bastante más grande. De juego de reyes ha pasado a desbordar el mundo para ser accesible a todos, por un lado y, a la vez, ha podido convertirse, en virtud de su capacidad de seducción, en rey de todos los juegos.

A la pregunta ¿acaso existe el ajedrez? Responderemos con otra pregunta: ¿existe, acaso, el mundo, al margen del ajedrez?

 

Jaque nº 500, páginas 20-27.

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