Ajedrez, septiembre 6, 2017

Las sombras y sus arabescos

Hacia el final de sus días, Alekhine daba largos diarios por la costa portuguesa. Ilustración de Idearte para AG.
Hacia el final de sus días, Alekhine daba largos diarios por la costa portuguesa. Ilustración de Idearte para AG.

Marzo de 1946. Un fantasmal Estoril y un hotel con un único huésped. Tal es el marco de Teoría de las sombras, que persigue al campeón mundial, Alekhine, en su soledad y en su aislamiento portugués, a orillas del Atlántico. Son sus últimos días en el mundo.

“La novela es un thriller enigmático”, dijo un responsable de la editorial.

Pleonasmo: no existen los thrillers no enigmáticos.

¿Qué pasaba en el mundo por esas fechas?

En noviembre de 1945 se habían iniciado los Juicios de Nuremberg a los principales gerifaltes nazis, por crímenes contra la humanidad. En ese mismo mes se había proclamado la República de Yugoslavia, y la película de Billy Wilder Días sin huella resultaba ganadora del Oscar.

En enero las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial reconocen las fronteras de Austria de 1937. El niño prodigio Arturo Pomar gana el torneo de Londres. En febrero la Asamblea General de la ONU condena el régimen de Franco en España.

Cita con la historia

El autor, convertido en detective de la historia, viaja a Portugal para desentrañar un enigma de setenta años atrás.

El Hotel do Parque ya no existe.

Los protagonistas y testigos presenciales ya no existen.

Sólo Estoril, el viento del Atlántico y la lejana y difusa sombra de Alekhine permanecen.

Un Alekhine decadente y errático, que a diario emprende su paseo por la costanera hasta el faro, no sin antes comprobar si hay nuevos clientes en el hotel, gente con quien poder compartir una copa o una comida, alguien con quien charlar, que le mantenga en contacto con la vida.

En el libro (¿es una novela o una crónica periodística retrospectiva?) están todos los temas relacionados con la vida y últimos episodios de la carrera de Alekhine: su confinamiento, su melancolía (nada más apropiado para suscitar la saudade que el fin del invierno en Portugal), su decadencia, su alcoholismo, su precariedad económica, sus casi inexistentes esperanzas de disputar un match por el título mundial…

Intentaré ensamblar, conciliar en lo posible los hechos reales conocidos con los descritos en el libro, contar lo esencial y los que considero mayores aciertos de Maurensig.

¿Antisemitismo?

Por más que una y otra vez él lo negase, en una tentativa por rizar el rizo, recurriendo a malabarismos de lenguaje y significado, no puede haber dudas del manifiesto antisemitismo del campeón. Los testimonios y los rastros que de ello dejó su existencia lo confirman sobradamente. Veamos algunas de las declaraciones que Maurensig pone en su boca.

En una tertulia con varios personajes, por ejemplo, su comentario es:

–Yo creo –dijo en un tono sosegado— que ciertos acontecimientos trágicos nacen de un deseo reprimido de los pueblos. Desde hace cientos de años, millones de personas piensan que los judíos son la fuente del mal y que deberían desaparecer de la faz de la tierra, y hete aquí que, de pronto, ese deseo se hace realidad. Es una suerte de plegaria colectiva, y siempre hay en alguna parte un dios maligno dispuesto a atenderla. Entre el bien y el mal no hay más que un paso. (…) Las masas siempre albergan una buena dosis de resentimiento hacia alguien: contra los aristócratas, contra los burgueses, contra los judíos. (132-133)

En otra conversación, cargada de dardos envenenados, surge el tema de los artículos publicados en la Pariser Zeitung (1):

…Esos artículos son obra suya, están escritos de su puño y letra, ¿no es cierto?

–No es la primera vez que respondo a esa pregunta –replica él con voz firme–. No los escribí yo. O, mejor dicho, los escribí sólo en parte. Después introdujeron, sin yo saberlo, frases y reflexiones que no me pertenecen, transformando una opinión puramente teórica en una aserción tremendamente denigratoria y tergiversando por completo mi pensamiento. (172)

Obviamente, es difícil imaginar que, de ser eso cierto, el texto añadido o modificado fuese contradictorio o del todo diferente al original. Por otra parte, está claro que dada la situación de fuerza de los nazis en el París ocupado, no iba Alekhine a protestar ni mucho menos exigir rectificaciones.

Un sinuoso personaje concluye:

De sus palabras se desprende una fuerte aversión racial hacia el pueblo judío en su conjunto. (175)

Alekhine:

Deseo precisar que no tengo nada contra su raza, no tengo nada contra médicos, científicos y músicos judíos. Me limito a hablar de aquellos con los que he tratado en el ámbito del ajedrez. Simplemente me indigna el modo en que algunos de ellos han envilecido mi amado juego. (176)

(…)

–¿Se corre, entonces, el riesgo de que el título caiga en manos de los judíos soviéticos?

–Tendrán que pasar por encima de mi cadáver –responde Alekhine con una sonrisa despreciativa. (179)

¿Colaboracionismo?

Se entiende por colaboracionismo, término acuñado en Francia, aquellas actividades como tareas de espionaje, información o complicidad militar, identificación o connivencia con las fuerzas invasoras.

Las acusaciones de colaboracionismo contra Alekhine se basan en tres puntos: 1) Su participación en torneos en la Europa ocupada; 2) los citados artículos de la Pariser Zeitung; 3) haber confraternizado con autoridades nazis.

Es difícil imaginar que Alekhine pudiese haber colaborado con los nazis revelándoles información militar o de algún otro tipo. Pero no hay duda de que participó en torneos en la Europa ocupada. Y no fue el único: otros también lo hicieron, como Paul Keres o Gösta Stoltz. ¿Tan difícil nos resulta comprender, no digo disculpar, que alguien para quien el ajedrez lo era todo decidiese agarrarse a una tabla de salvación?

Los argumentos que podrían justificar la acusación de colaboracionista se basarían en los citados artículos antisemitas y la evidente confraternización con las autoridades alemanas, pues el campeón fue invitado e incluso agasajado, a numerosas recepciones y actos sociales. Además, y esto es importante, el famoso Hans Frank, el gobernador de Polonia, le brindó su amistad y lo invitó a su mansión en varias ocasiones. Frank era un entusiasta del ajedrez y se sentía feliz departiendo con Alekhine, analizando e incluso jugando con él en consulta, a veces en compañía de Kurt Richter y Fritz Sämisch.

–Para salvar la vida, a veces uno se ve obligado a aceptar ciertos tratos y a fingir que se identifica con el enemigo. Yo hice lo posible para continuar jugando al ajedrez. Nunca me ha interesado la política. Cuando en Rusia prohibieron el ajedrez por considerarlo un juego burgués, me refugié en Francia y me enrolé en el ejército francés. Con la ocupación nazi, tuve que ceder a algunos chantajes con la esperanza de obtener el visado de expatriación para mi esposa. (70)

Correira:

–Doctor Alekhine, le hemos oído vituperar a los soviéticos y a los judíos, pero de su boca no ha salido aún una sola palabra de censura contra los nazis. (180)

Alekhine responde que no tendría mucho sentido, que serían palabras al viento.

Alguien afirma que el campeón no sólo había confraternizado de buen grado con los nazis, sino que también había recibido un estipendio de las autoridades alemanas.

–No es verdad, nunca he recibido nada, aparte de la cartilla de racionamiento y los premios por mis victorias en los torneos. Nunca he compartido nada con ese gobierno ni con sus representantes. Jugué para la Alemania nazi por la sola razón de que era el único modo de seguir con vida, que se me exigía, además, para garantizar la libertad de mi esposa, que, como sabrán, era halbjude, medio judía. Pensando en los hechos y en la situación en que me encontraba entonces, sólo puedo decir que ahora actuaría de la misma forma. Y en cuanto a mi presunto papel de colaboracionista, no tengo nada que añadir. (181)

Esto es un poco extraño y creo que es un error. El autor dice, en otro punto, que Alekhine habría incluso defendido la bandera alemana en competiciones por equipos, lo cual no parece cierto.

Durante la tertulia de esa misma cena, se menciona que las autoridades francesas habrían elaborado una lista negra con 200.000 nombres de colaboracionistas. Alekhine coge el toro por los cuernos y dice: “Si yo estoy en esa lista, debo ser uno de los primeros, pues tanto mi nombre propio como mi apellido empiezan por la A.” Pero nadie se ríe.

Matrimonios de conveniencia

Un vistazo retrospectivo. Alekhine se casó cuatro veces, siempre con mujeres mayores que él. Los hechos parecen confirmar el rumor generalizado en la época de que era un cazafortunas. Una vez más, sin embargo, él lo desmiente:

–Sé muy bien a qué se refiere. Siempre han dicho de mí que conquistaba a las mujeres por su dinero, pero le aseguro que su patrimonio me tenía sin cuidado. Era el campeón del mundo y nadaba literalmente en la abundancia. Fueron años felices a su lado. Viajábamos sin parar. Yo daba exhibiciones de partidas simultáneas a la ciega o participaba en los torneos más importantes, mientras que ella competía en los de categoría inferior. Y justo hace un par de años Grace ganó el campeonato femenino que se celebró en París. (84)

Pero volvamos al principio.

Su primera esposa fue la baronesa von Severgin. Nuestro campeón tenía veinte años cuando la conoció y, según él, había sido un matrimonio “reparador”, pues años atrás ella había tenido una hija suya. Así que sólo finalizada la guerra pudo casarse con ella. Parece que después de la boda la baronesa se fue a Austria con la hija de ambos y Alekhine nunca volvió a saber de ellas. Extraño suspense. Aquí surgen muchas preguntas sin respuesta.

Siguió Annaliese Rüegg, una periodista y delegada suiza en el Congreso del Komintern. Gracias a sus esponsales, Alekhine pudo dejar la Rusia Soviética1. La unión tampoco duró mucho. Pocos años después Annaliese pidió el divorcio.

Nadezhda Fabritskaia, viuda del general Vasiliev y residente en París, se convirtió en su tercera esposa, debido a un equívoco con ribetes cómicos, dignos de un sainete o de un cuento de Antón Chéjov. La buena señora había sido apodada Tannenbaum (árbol de Navidad) por los camareros vieneses, debido a lo enjoyada y cargada de abalorios que siempre iba. Resulta que Alekhine, frecuente invitado de la casa, se había fijado en la hija de Nadezhda, Guendalina, una joven desangelada, tímida y sin apenas encanto personal. Aun así, el mítico campeón concibió la idea de proponerle matrimonio. Un día, armado con un aparatoso ramo de flores, se dirigió a la residencia, decidido a cumplir su propósito. Abrió la puerta la viuda, quien al ver al Romeo con aquellas flores, se arrojó en sus brazos, diciéndole: “¡Oh, Alexander, cuánto te amo!”. Si no era la hija, sería la madre, ¿por qué no? Dada la gran diferencia de edad entre ambos cónyuges (pues incluso Guendalina era mayor que el campeón), circularon chistes crueles por París, según los cuales Alekhine se habría casado con la viuda de Philidor…

La estadounidense Grace Wishaar, su cuarta esposa, se encontraba, por aquel tiempo nebuloso, en Normandía tramitando la recuperación de la mansión familiar, incautada por el ejército alemán durante la Ocupación. Estaban a punto de divorciarse, pero la relación entre ellos era relativamente cordial. Alekhine estuvo tentado de pedirle ayuda económica para viajar a Inglaterra, sabiendo que no se la negaría. Pero sabía que era peligroso pasar por Francia y esto confirma que era plenamente consciente de su comprometida situación.

El título mundial

Siempre se ha dicho que Alekhine tenía dos grandes amores: él mismo y el título mundial. No sé si es cierto, pero muy bien podría serlo.

¿Cuál era la situación del ajedrez, al más alto nivel, en 1946?

En el torneo más importante anterior a la guerra, el AVRO (1938), jugado en varias ciudades holandesas, las nuevas estrellas demostraron estar ya por encima de los campeones consagrados. El resultado final del torneo no dejó lugar a dudas sobre la superioridad de la nueva generación.2

Apenas finalizada la Segunda Guerra Mundial, el famoso match por radio entre EEUU y la URSS, que a priori se presumía igualado, fue una demostración concluyente de los soviéticos, que aplastaron a sus rivales (15,5-4,5) dejando así perfilado el nuevo orden mundial del tablero.

Por reiteradas presiones de sus colegas, Alekhine fue excluido por los organizadores del torneo de Londres, dejándolo sumido en el desánimo. Pero en febrero se habían establecido contactos con Botvinnik y resurgió la esperanza.

Pocos días antes del fatal desenlace, la prensa publicaba que la URSS había patrocinado un nuevo match por el campeonato mundial, a celebrarse en Inglaterra, entre el vigente campeón y el soviético, Mijail Botvinnik. Alekhine revive.

El misterio del desenlace

El 24 de marzo de 1946 era domingo.

Todo sucedió en la madrugada del 23 al 24 de marzo, en ese oscuro y misterioso tránsito del sábado al domingo…

Aquí comienzan las hipótesis acerca de su adiós al mundo.

¿Se suicidó, se asfixió con un trozo de carne, sufrió un ataque al corazón, fue asesinado?

Según la figura conocida como navaja de Occam, la solución de un misterio suele encontrarse en la explicación más simple.

Pero la gente no funciona así, no funcionamos así. Donde lo sencillo y lo turbio se entremezclan, optamos por lo turbio. En otras palabras: en tales circunstancias las teorías conspiratorias prosperan.

La hipótesis del suicidio, a pesar de que por esos días Alekhine se encontraba algo deprimido, parece descartable.

La segunda hipótesis, la asfixia, fue la que constituyó la versión oficial. A primera vista, nos parece extraña, pero si tenemos en cuenta que el campeón solía beber coñac por la noche, podría estar abotargado y propiciar así torpeza al masticar y deglutir. Algunas fuentes han mencionado un ataque cardíaco.

Comoquiera que fuese, el Dr. De Aguiar, una autoridad en traumatología forense, certificó la muerte por asfixia en el acta de la autopsia, refrendada por el Dr. Antonio Jacinto Ferreira, quien, veinte años más tarde, lo confirmaría en carta al hijo de Alekhine.

La tercera hipótesis, la del asesinato, se encuentra con un obstáculo: ¿cuál podría ser el móvil? ¿Quién o quiénes podrían desear tanto la muerte de Alekhine como para provocarla? Los alemanes no tenían realmente motivos. Además, habían perdido la guerra y sus preocupaciones eran bastante mayores. En cuanto a Francia, no imagino a agentes suyos buscando a colaboracionistas en el exterior.

Queda la alargada mano de papá Stalin, pero ¿por qué querrían los soviéticos eliminar a un campeón desahuciado, que apenas tendría remotas posibilidades de contener a Botvinnik? Por otro lado, vencerle ante el tablero no podría sino agrandar el prestigio ajedrecístico de la URSS. Recordemos que de las tres partidas que habían disputado, dos habían sido tablas y Botvinnik le había ganado en el AVRO (1938). Y eso había sucedido ocho años antes, siendo, desde entonces, notorias la evolución/involución de uno y otro.

Hay, sin embargo, una cuarta posibilidad. ¿Es posible que interviniese alguna organización judía de cazadores de nazis? Parece que la actividad de Simon Wiesenthal y otras agencias similares dieron comienzo años más tarde. Pero no puede descartarse algún “francotirador” o la iniciativa de un grupo reducido. Sea como fuere, esto también es poco probable, pues Alekhine no parece haber tenido responsabilidad directa en el trágico destino de los judíos europeos.

Las sospechas sobre la autenticidad de la versión oficial empezaron con detalles de la foto canónica. Si Alekhine estaba analizando una posición,3 como se dijo, ¿por qué entonces las piezas se encontraban en la posición inicial? Si ya era la primavera, ¿por qué Alekhine tenía puesto el abrigo? A fines de marzo, podría seguir haciendo frío en la madrugada. Pero los empleados del hotel declararon que en su habitación solía estar en bata.

Si la teoría del asesinato tiene fundamento, hay que decir que sería precisa la connivencia oficial, máxime si en su versión más difundida se afirma que el crimen tuvo lugar fuera de su habitación (o del hotel) y el cadáver trasladado. Todo esto me parece rocambolesco y poco lógico: vestir a un muerto, evitar que la sangre apareciese o manchase la ropa o estuviese presente por algún lado. Pero si se trataba de una conspiración, entonces la PIDE (la policía secreta portuguesa) tuvo necesariamente que participar en ella, lo que significa que habría manos y disposición suficientes para la puesta en escena.

Una de las mejores bazas de la novela es lo que se nos presenta como un  apéndice no previsto: El último secreto, donde el autor narra su conversación con un importante testigo. No sería justo ni ético revelar el contenido de esa charla, fuese real o imaginaria.

A lo largo del tiempo, por cierto, han ido apareciendo hijos e hijas del camarero que, por primera vez, abrió la habitación 43 para descubrir que Alekhine había muerto.

Otro misterio: Alekhine sólo fue enterrado el 16 de abril (23 días después de su muerte), en el cementerio Sâo Joâo de Estoril.

El misterio, dijo alguien, siempre comienza con la explicación.

¿Sombras o tinieblas?

¿Era Alekhine un genio, un cazafortunas, un oportunista o un canalla? Probablemente fuese todas esas cosas y algunas más. Un personaje  maltratado por la vida y perseguido por las convulsiones históricas de su tiempo. Pero camaleónico, refinado y de alto nivel cultural. También hiperoptimista respecto a su capacidad de convicción, de su habilidad para salir airoso de todos los compromisos y celadas existenciales. Como dijo Euwe, este rasgo suyo revelaba una considerable ingenuidad, pues estaba convencido de que nada negativo se le tendría en cuenta, de que su estatus de campeón del mundo y su carisma le bastaban para que todos tendiesen a su paso la alfombra roja, pasando por alto sus pequeños o grandes deslices.

Si existe una teoría de las sombras, su inevitable corolario será que las sombras, además de inquietantes son impenetrables. Acosadoras y esquivas, se desvanecen como sombras chinescas que se funden para siempre con las tinieblas. El resto de su vida, memorias y testimonios, pasará a ser patrimonio de los ajedrecistas.

Permanece y pervive, eso sí, el inmortal ajedrez de Alekhine, que él había elevado a la condición de arte en su máxima expresión.

 

(Artículo publicado en la revista PEÓN DE REY, nº 129, julio-agosto 2017, pp. 58-65.


(1) Artículos publicados en la revista alemana de ese nombre, en el París ocupado, marzo de 1941.
(2) La clasificación final fue: Fine y Keres 8,5 (de 14) – Botvinnik 7,5 – Euwe, Alekhine y Reshevsky 7 – Capablanca 6 – Flohr 4,5.
(3) En la novela y otras fuentes se dice que analizaba la partida que había perdido con Botvinnik. Pablo Morán, en su libro Agonía de un genio (Madrid, 1972), dice que analizaba la partida Medina-Rico, Campeonato de España, Bilbao, 1945.

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