ajedrez, diciembre 14, 2016

Historia del ajedrez (10): El Shahnama o Libro de los reyes

Shahnama

La historia del Chatrang-namak aparece de nuevo, bajo una forma diferente, en el poema épico nacional de Persia, el Shahnama, o Libro de los Reyes, de Abul-Qasim Mansur Firdawsi (iniciado en 975 y finalizado en 1011). No está claro que Firdawsi conociese la versión anterior, pues era perfectamente posible que el Shahnama se derivase de leyendas antiguas, como en el caso del Karnamak. En esta leyenda hay diferencias fundamentales entre ambas versiones, sobre todo en la segunda parte de la historia. El nard, con su elaborado simbolismo, ha desaparecido por completo y en su lugar Firdawsi describe otro juego de origen incierto.

En el Shahnama todo el planteamiento de la historia es distinto, pero la narración tiene un estilo literario más elevado. Sólo en un punto se muestra el autor más sobrio: al reemplazar las piezas de rubíes y esmeraldas por otras de marfil y madera de teca. El Chatrang-namak parece más fiel en el aspecto histórico, pues, por ejemplo, en cuanto a los colores de las piezas, el rojo y el verde parecen haber sido los colores preferidos, si no en Persia, sí en la India. Ath-Thaalibi, en su Ghurar akhbar muluk al-Fars (1021), incluye esta descripción de los maravillosos tesoros de Cosroes II (590-628):

Tenía también un juego de ajedrez, cuyas piezas estaban hechas de rojos rubíes y esmeraldas, así como un juego de nard, de coral y turquesa.

Un tesoro, por cierto, que algunos historiadores han magnificado, estimando que el valor de la pieza más pequeña era de 3.000 dinares de oro. ¿Tal vez la historia de la embajada de la India tuvo su origen en este juego de ajedrez?

Firdawsi inicia su historia describiendo la magnificencia de la corte de Nushirwan, a la que un día llega un embajador del Rajá de la India, con numerosos presentes. El enviado le entrega entonces a Nushirwan una carta del Rajá y un tablero de ajedrez ricamente construido. El mensaje dice así:

¡Oh, Rey, que tengas tan larga vida como la del cielo! Ordena a tus hombres sabios que examinen este tablero de ajedrez y que deliberen a fin de descubrir las reglas de este noble juego, y reconocer las distintas piezas por sus nombres. Desafíalos a descubrir las jugadas de los soldados de infantería (piyada), los Elefantes (pil), y los demás miembros del ejército, como los Carros (rukh), los Caballos (asp), el Consejero (farzin), el Rey (shah), y cómo disponerlos en sus correspondientes casillas. Si logran descubrir las reglas de este hermoso juego, sobresaldrán de entre todos los hombres sabios del mundo, y en tal caso enviaremos a esa corte el tributo que el Rey nos pide, pero si los hombres sabios de Irán no logran resolver el enigma, entonces deberás desistir de exigirnos tributo, puesto que no igualan a los nuestros en sabiduría, y si es así deberás pagarnos tributo a nosotros, pues la sabiduría es más importante que cualquier otro motivo de vanagloria.

En respuesta a algunas preguntas del rey, el embajador dijo que el juego era una representación de la guerra y que en el juego se reproducían los planes, el despliegue y todo el aparato bélico de una batalla. Nushirwan pidió entonces siete días para la investigación, y le fueron concedidos. Durante varios días, los sabios de Persia trataron en vano de descubrir el juego. Por último, Wuzurjmihr se acercó al rey y le prometió que lo resolvería. Llevó el juego a su casa y, tras un día y una noche de reflexión, descubrió el secreto del juego. El embajador indio fue convocado y se recordaron los términos del desafío. Wuzurjmihr dispuso entonces las piezas sobre el tablero.

Situó el rey en el centro, y a su derecha e izquierda los demás componentes del ejército: los bravos soldados de infantería delante, el prudente visir al lado del rey, para aconsejarle en la batalla. Al lado del visir, los elefantes, luego los caballos, montados por dos expertos jinetes y, por último, en los dos extremos las rukhs, listas para la lucha, a derecha e izquierda.

El indio se mostró asombrado por el descubrimiento, y mostró una admiración sin límites por sabiduría y perspicacia de Wuzurjmihr. Éste fue cubierto de honores por el rey y el embajador regresó a la India. Pero Wuzurjmihr no se contentó con su triunfo e idea el juego del nard, que es detalladamente descrito. Nushirwan, encantado con el ingenio de su ministro, lo envió en embajada a la corte del Rajá con un desafío similar, esta vez con el nard, como enigma a descubrir. Al igual que en la antigua historia, los indios fracasan estrepitosamente y Wuzurjmihr retorna triunfal para informar de su éxito al rey.

En palabras de Murray, «el Shahnama es la primera gran obra en que los persas volvieron al primer plano, tras un período de eclipse. Un eclipse sólo aparente (…), pues como a menudo ha sucedido en la historia, la raza vencida en el campo de batalla se convirtió en vencedora en los años de paz.»

La época que siguió a la conquista musulmana no hizo desaparecer la cultura y la civilización persas, sino que fue un período inmensamente fructífero en el que la fusión con el mundo árabe dio al Islam un nuevo espíritu. «Fueron ellos (los persas)», dice Dozy, «y no los árabes quienes dieron firmeza y fuerza al islamismo.»

A finales del período Omeya, los persas habían recuperado la supremacía militar, y fueron los ejércitos persas quienes establecieron a los Abásidas en el trono. No sin razón, al-Beruni se jactaba de que «los abásidas eran una dinastía oriental en cuya corte las ideas e influencias persas eran supremas, alcanzando su cénit con al-Hadi, Harun-al-Rashid y al-Mamun.»

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