otros temas, mayo 10, 2017

Hermanos célebres, S.A.

Groucho Marx, Judit Polgár y Emily Brontë. Ilustración de Idearte para AG.

¡Hágase la luz! Y se hizo el cine

Hermanos Lumière

Pienso, por ejemplo, en los Lumière, inventores del cinematógrafo. Pero las preguntas se multiplican al respecto. ¿A cuál de ellos se le ocurrió la idea? ¿Acaso se hizo la luz de forma simultánea en ambos cerebros? Es posible conjeturar que, trabajando en fotografía, concibiesen la idea de ofrecer imágenes en movimiento, pero ¿qué hicieron a partir de ahí? ¿Experimentaron juntos? ¿Era uno más teórico que el otro y éste más práctico? Lo cierto es que al ofrecer al público las imágenes de la llegada de un tren a la estación, convirtieron un hecho banal en un acontecimiento extraordinario, que daría paso a una industria multimillonaria.

Al rescate de los cuentos y la tradición oral

Heath Ledger y Matt Damon en un fotograma de la película de 2005 «The Brothers Grimm».

Los hermanos Grimm abordaron el fascinante proyecto de recopilar las leyendas y cuentos centroeuropeos y narrarlos. El resultado no pudo ser más brillante y su obra escrita da fe de una labor admirable. Me pregunto cómo organizaron su trabajo. ¿Escribieron conjuntamente? ¿Se repartieron la recopilación por países o zonas geográficas del corazón de Europa? ¿Acaso uno recopilaba y el otro escribía? ¿Tal vez uno se ocupaba de los textos escritos y el otro de los cuentos de tradición oral? ¿Cuál de ellos era mejor escritor? Probablemente nunca lo sepamos.

Los libros de los Grimm, destinados a un público infantil, podrían considerarse precursores del género de terror, con sus brujas, venenos, ogros y gigantes malignos, que acechan en los bosques a infantes extraviados… ¿Son esas historias adecuadas para modelar las mentes infantiles? Sea como fuere, sus criaturas fantásticas han torturado más de un sueño.

Las cumbres de la novela romántica victoriana

Fotograma de la película de 2016 «To Walk Invisible», que relata la historia de las tres hermanas Brontë.

Triste y trágico destino el de las hermanas Brontë, unidas además de por sus lazos familiares, por una vocación literaria común. En efecto, las tres, Charlotte, Emily y Anne fueron brillantes novelistas, que también cultivaron la poesía.

Hijas de un estricto párroco anglicano, tres niñas vieron desaparecer muy pronto a su madre y fueron educadas por una tía en los inhóspitos páramos de Yorkshire, que impregnaron su vida de soledad y melancolía, aunque también de amor por la naturaleza.

Desde muy jóvenes supieron de su vocación compartida por la enseñanza y la literatura. Incluso hicieron proyectos educativos y pasaron varios años en Bélgica para estudiar el francés. La complicidad entre ellas era absoluta. Llegaron a crear dos territorios imaginarios a los que solían referirse en sus diarios y conversaciones: Gondal y Angria.

Su sensibilidad y una sobresaliente capacidad analítica para expresar rasgos psicológicos emocionales de sus personajes convertirían a sus novelas en todo un referente del romanticismo victoriano.

En 1847 se publicaron las novelas canónicas de las tres hermanas: Jane Eyre (de Charlotte) tuvo inmediato éxito. No así Agnes Grey (de Anne) ni, mucho menos, Cumbres borrascosas (de Emily), hoy un clásico, considerada una de las obras mayores de la literatura del siglo XIX. Anne llegaría a publicar una segunda novela, La inquilina de Wildfell Hall, que fue un absoluto escándalo y, en consecuencia, socialmente repudiada, con el maltrato de género como telón de fondo.

También publicaron poemarios bajo el seudónimo masculino Currer, Ellis y Acton Bell. Se dice que del primero sólo se vendieron dos ejemplares.

Las carencias de su niñez y adolescencia dejaron una terrible huella en su salud y, fatalmente, ninguna de las tres hermanas llegaría a cumplir los cuarenta. Emily murió en 1848, con apenas 30 años, Anne al año siguiente (con 28) y Charlotte, la mayor, en 1855, a los 38. La tuberculosis fue el verdugo de todas ellas.

Histriones y transgresores

La imagen concreta que el cine nos muestra de los hermanos Marx nos permite evaluar méritos de unos y otros. Los tres hermanos (que inicialmente fueron cuatro) descollaban diría que por igual como actores, y el equipo, curtido en teatros de variedades y mil y una dificultades, funcionó a las mil maravillas, cuajando un humor nuevo, una atípica comicidad de tintes surrealistas y paradójicos. Pero es indudable que una figura sobresalía, puesto que además de actuar, escribía guiones y participaba activamente en todos los aspectos del rodaje. Ese líder y cabeza pensante, Groucho, era, además, hombre de brillante ingenio, que nos dejó numerosas frases y aforismos memorables, que junto con  algunos gestos en la realidad que dan fe de un excelso sarcasmo (“¡Qué casa tan hermosa para volver todos los días a las cuatro de la mañana!”).  “Perdonen que no me levante”, fue su epitafio.

Dúos y tríos ajedrecistas

Las hermanas Polgár.

Hay varios casos de hermanos ajedrecistas y en todos ellos sus respectivas carreras fueron independientes, al ser el ajedrez un juego rabiosamente individualista.

En el tablero internacional tenemos a los hermanos Louis y Wilfried Paulsen, a los Steiner húngaros (Endre y Lajos) o a los argentinos Julio y Jacobo Bolbochán.

Robert y Donald Byrne no constituyen un caso especialmente espectacular. Robert, gran maestro, profesor de filosofía y cronista del Herald Tribune, se situó entre los ocho mejores del mundo en la década de los setenta (1970-79), mientras que su hermano menor, maestro internacional, tuvo un perfil bastante más apagado.

Ah, pero sí tenemos un caso extraordinario en las hermanas Polgár, aunque caracterizado igualmente por tres carreras independientes, con el solo vínculo común de la familia, hasta que contrajeron matrimonio y cada una fijó su destino geográfico. Mientras Judit (la menor, pero la mejor con diferencia) permaneció en Hungría, Zsuzsa (ahora Susan) se estableció en Estados Unidos, y Sofía en Israel. Sólo en contadas ocasiones coincidieron las tres hermanas en algo parecido al trabajo en equipo, al defender los colores del equipo nacional húngaro en las Olimpiadas. La vida bifurcaría luego sus caminos. Judit está considerada, aún hoy, como la mejor ajedrecista de la historia.

El odio fraternal

Olivia de Havilland y Joan Fontaine en los años 40.

También está la otra cara de la moneda: los hermanos irreconciliables. El caso más flagrante que recuerdo es, en realidad, el de dos hermanas triunfales: Olivia de Havilland y Joan Fontaine, cuyo odio parece haber tenido su principal origen precisamente en la rivalidad profesional. Olivia y Joan, actrices increíblemente dúctiles y de múltiple registro, mantuvieron toda su vida una intensa competición, no sólo en lo puramente profesional, sino también en el empeño de demostrar quién odiaba más a quién, y en la de resistencia vital: sobrevivir a la otra.

Olivia, la mayor, ganó el Oscar en dos ocasiones: en 1946 (La vida íntima de Julia Norris) y en 1949 (La heredera, una de las mejores películas de la historia del cine), siendo nominada en otras tres ocasiones, en una de las cuales (1941) lo ganaría su hermana, por su actuación en Sospecha. Así que, en materia de grandes éxitos, se diría que ganó Olivia, aunque por escaso margen, porque recordar a la Fontaine, por ejemplo, en Rebeca, nos deja boquiabiertos.

Los desplantes y episodios negativos entre ellas fueron más que numerosos. Joan declaró en una ocasión: “Yo me casé primero (es curioso que esto se considere un éxito -AG), gané el Oscar antes que Olivia y si muero antes que ella, seguramente se indignará, porque también le habré ganado en eso.” ¿Morir antes es una victoria? Si es así, lo consiguió, pues aunque en esa maratón existencial no tiene nada que reprocharse, desapareció de escena en 2013, a los 96 años, mientras Olivia se dispone a cumplir los 101.

Joan resumió la relación entre ambas hace ya mucho: “El odio lo agotamos de jovencitas. Ahora nos ignoramos”.

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