literatura, octubre 26, 2010

LA VARIANTE LÜNEBURG: TRANSGRESIÓN Y APUESTA

LA VARIANTE LÜNEBURG: TRANSGRESIÓN Y APUESTA

Jaque nº 514, pp. 58-60

«¿Así que querías realmente jugar al ajedrez?», pregunta clave que Tabori, el maestro retirado, le plantea a Hans Mayer, joven aspirante a dominar el tablero. Hans, un estudiante de bellas artes, descubre su vocación (o la reafirma) en los cafés vieneses de entreguerras. Su relación con Tabori le lleva al estudio y la autoexigencia de rigor en juego tan complejo como es el ajedrez. Su maestro le inculca la atención y la búsqueda de la jugada perfecta, de la verdad, en definitiva, del juego rey: «Así que acabé por odiar este juego que tanto me gustaba, porque la práctica y el estudio, de la manera en que se me imponían, representaban una auténtica tortura. Mi maestro se mostraba inflexible y me hacía practicar durante horas y horas, como uno se ejercita en un instrumento musical donde la perfección se halla siempre a un escalón de la perfección.»
La Variante Lüneburg es la primera novela de Paolo Maurensig, un autor maduro. El libro tuvo mucho éxito en Italia y se ha traducido a varias lenguas europeas. No sé si La Variante Lüneburg es una ficción asombrosa o decepcionante. Para mí ha sido ambas cosas. Pero sé que se merece una reseña. El asombro procede de una cierta perfección formal, estilística, a la que estamos desacostumbrados: expresión clásica con envoltura racionalista. Otro mérito del autor es haber sabido conjugar los temas barajados (el ambiente, los personajes, las reflexiones acerca del ajedrez) sin caer en despropósitos o incongruencias. De la decepción hablaremos luego.
Hans recorre Europa jugando torneos con su maestro: «Había una sola condición inderogable en nuestra hermandad: Tabori quiso a toda costa que en el Gambito de Dama de las blancas yo adoptase siempre una variante que me había enseñado hasta en sus más mínimas particularidades. Esta variante implica el sacrificio de un caballo que nos precipita en el caos, pero si se conocen sus consecuencias, uno puede contar con salir victorioso ocho de cada diez veces.» (p. 105).
Estamos ante una trama con implicaciones psicológicas y filosóficas, pero fundamentalmente se trata de un sutil ajuste de cuentas, cuyos detalles no podemos ni debemos revelar al posible lector. En realidad, el ajedrez es el medio por el que las confusas relaciones del pasado entre víctima y verdugo salen a la superficie para perpetrar una no menos confusa venganza. Pero del mismo modo que en las películas de Hitchcock el McGuffin (el motivo que guía la acción de los personajes) no es más que un objetivo falso o el pretexto que permite servir en bandeja mil y una particularidades de la acción, que es, en sí misma, el verdadero objetivo, aquí nuestro juego se convierte en el sujeto omnipresente del libro. Algunas reflexiones sobre ajedrez y ajedrecistas son muy inspiradas. Ejemplos:

Una característica común a todos los jugadores de ajedrez parece ser la de no querer admitir, una vez derrotados, que su posición era indefendible. (p. 30).

Un ajedrecista se encuentra, en lo referente al juego, con la misma actitud parcial que tiene con respecto al mundo. Tiene sus preferencias y sus antipatías, sus convicciones y sus intolerancias. Frisch se consideraba un purista del juego y aborrecía todo lo que no le parecía lógico, lineal o, por lo menos, reconducible a alguna teoría ya existente. Tenía una sana consideración de las fuerzas, basada más en la cantidad de las piezas que en la calidad del juego. En fin, era de los que no saben perder –y no solamente al ajedrez–, de los que no saben renunciar, si ni siquiera un poco, a sus enraizadas convicciones. (30-31).

En cambio yo sentía por el juego una especie de devoción exclusiva. No pensaba en otra cosa. Se puede decir que comía, bebía y respiraba ajedrez. Si Pitágoras sostenía que Dios razona con exactitud geométrica, para mí existía un dios que jugaba eternamente al ajedrez. (51).

El ajedrez es siempre un juego, aunque muy particular, y como en todo juego debe haber una apuesta. Cuanto más grande sea el valor de ésta, más grande será tu atención. Para ciertos individuos, el temor a la derrota es ya una razón suficiente, peero no todos tienen el orgullo desmesurado del héroe, no todos sufren sus propias derrotas con la misma intensidad, y el dolor que sienten al perder es demasiado breve y se olvida pronto. Y además, puede ser mitigado por innumerables excusas, como la distracción, el cansancio, la excesiva seguridad con respecto a un jugador considerado más débil… Y después hay perdedores natos, los que dentro de sí incuban siempre el desastre. (76).

La variante, ese sacrificio azaroso de caballo por dos peones, atenta al sentido lógico de Frisch, un industrial cuya gran pasión es el ajedrez y que dirige una revista especializada en su tiempo libre. La defensa (porque la juegan las negras, según la denominación convencional de las aperturas) tiene un carácter agresivo y va contra los cánones de armonía de Frisch, contra su interpretación del ajedrez:

Esta defensa, que Frisch había intentado demoler desde la autoridad de su acreditada revista, era lo único que nos ligaba a un sueño infame del pasado. Esta defensa, que Frisch había tenido la osadía de denominar «Variante Lüneburg», se ha revelado como el hilo conductor que me ha permitido llegar hasta su persona.

Así pues, tenemos: Lüneburg (un lugar geográfico, que da nombre a la variante), Dieter Frisch, el industrial y también ex jugador profesional, que dirige una revista de ajedrez y que vive a caballo entre Munich y Viena, Tabori, el maestro retirado, Hans Mayer, el jugador que quiere comerse el mundo, y Baum, el colaborador de Frisch es que, a la vez, su rival ajedrecístico. Falta un elemento esencial: un tablero que ha ido pasando de generación en generación en la familia de Tabori y que tiene «el poder de castigar al instante cualquier error, porque actúa sobre la inconsciente acumulación de energía negativa que todo atentado a la armonía comporta.» Hans lo llama el tablero del dolor, porque sanciona con sacudidas eléctricas cada jugada errónea, con intensidad directamente proporcional a la dimensión del error. La Cábala (con mayúscula) ha dejado su huella en ese tablero y esas piezas concretas, imprimiéndoles una extraña espiritualidad y, sobre todo, ese misterioso poder, lo que nos remite literariamente a Gustav Meyrink, el gran autor hebreo y a su Golem, el ser artificial que quiere existir en la noche de Praga.
La apuesta, el reto, víctima y verdugo en una inversión de roles en el tiempo y el espacio, el acoso existencial del ajedrez y las convicciones acerca del juego: toda una trama, con cierto suspense, en la que como hemos dicho, el ajedrez es el gran protagonista. A mi modo de ver, el interés (y el acierto) se diluye mucho en el último tercio de la novela, cuando hacen acto de presencia el antisemitismo, y los campos de extermino alemanes, no, naturalmente, por el tema en sí, sino porque lo que habíamos leído hasta entonces era bastante más jugoso y, repentinamente, se nos ofrece una historia rocambolesca más bien convencional. En otras palabras, la historia toma un cariz esquemático y las concreciones no ayudan al libro a mantener la tensión inicial, desperdiciando un tanto las sugerencias y dardos envenenados lanzados por el autor en distintas direcciones.
Cierto aire existencial evoca a Vladimir Nabokov y quizá hay algún tipo de homenaje al gran autor ruso-americano. Empezando por el título, un nombre de apertura: porque el original de La Defensa (sólo adoptado en algunas traducciones) es La Defensa Luzhin. Luego está Tabori, nombre de resonancia italiana, como el Turati de La Defensa, y como él, seis letras y empieza por «t» y acaba por «i». Otro ingrediente de relativa actualidad ajedrecística ees que Tabori adoptó el apellido de su madre (como Kasparov) porque, lo mismo que él, su apellido paterno es de origen hebreo.
Las alusiones a maestros históricos son bastante correctas, salvando los obligados tópicos. Hay una nota falsa en la página 141, donde se alude a una simultánea de Capablanca contra 25 rivales, a bordo de un transatlántico. Se dice que «muchos de ellos eran maestros conocidos». Algo difícil de creer, tratándose de una simultánea. Tartakower, Bogoljubov, Rubinstein desfilan por algún pasaje del libro como sombras de personaje. A Znosko-Borovsky se le convierte en dos jugadores distintos al dividir su apellido, un posible lapso de la edición española, seguramente no atribuible al autor, que demuestra conocer el tema.
Acerca del mismo año en que reventó la Bolsa de Nueva York (1929) hay el comentario «en aquella época todos presumían de saber jugar al ajedrez». Comentario vigente: como ahora, como siempre…
Porque desaparece su maestro de la escena y por una serie de circunstancias, Hans deja el ajedrez, vive una época convulsiva y, a duras penas, trata de reencontrarse a sí mismo. Pero ignora otra de las verdades acuñadas por diversos autores en forma de fatalidad, según la cual «no somos nosotros quienes podemos decidir cómo y cuándo abandonamos el ajedrez, porque es él quien nos domina.» Aunque el verbo obligado parece ser nos abandona o nos deja. Como la Variante Lüneburg, que sigue estando presente, con su dudoso sacrificio de caballo: tema para de la Villa y sus colaboradores de la revista Teoría.

La Variante Lüneburg
Paolo Maurensig
Tusquets, Barcelona, 1995
Edición original: Milán, 1993
Traducción: Carmen Romero
210 páginas.
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