ajedrez, diciembre 23, 2012

NIXON Y FISCHER


BUCHWALD Y FISCHER
Unos días antes de iniciarse el Mundial de Reykjavik, el presidente de EEUU, Richard Nixon, envió un telegrama a Bobby Fischer, deseánndole suerte «para convnertirse en nel campeón absoluto del juego más difícil del mundo» e invitándolo a una recepción en la Casa Blanca.
     Para sorpresa general, una vez proclamado campeón, Fischer rechazó la invitación y lo explicó así: «Rehusé porque me pareció que no me pagarían nada por esa visita y porque, además, hubiera sido una importante distracción…»
     El 27 de julio, cuando se jugó la octava partida del match, apareció en el New York Post el siguiente artículo, por Art Buchwald, uno de los más prestigiosos humoristas de la prensa estadounidense:
Conversación telefónica con Bobby Fischer
Dentro de unas semanas, el presidente Nixon tendrá que tomar una de las decisiones más importantes de su mandato. Deberá decidir si realiza o no una llamada telefónica a Islandia, caso de que Bobby Fischer gane el campeonato mundial de ajedrez.
     Durante años no ha habido un antihéroe como Fischer. Su conducta antes y durante la competición hizo que un lector del Washington Post escribiese: «Fischer es el único americano que puede conseguir que todo el mundo en los Estados Unidos apoye a los rusos.»
     Basándose en lo que Fischer ha estado haciendo en Islandia, la llamada del presidente podría ser así:
     –Hola, Bobby. Te habla el presidente Nixon. Sólo quería llamarte y darte la enhorabuena por tu victoria en Islandia.
     –Sea breve, quiere. Estoy cansado.
     –Este es un gran día para América, Bobby.
     –Más grande es aún para mí. He ganado 150.000 dólares y les he enseñado a estos idiotas islandeses un par de cosas.
     –Sabes, Bobby. Estuve a punto de formar parte del equipo de ajedrez, en Whittier College.
     –Impresionante.
     –Pero al final elegí el fútbol americano.
     –¿Por eso me ha llamado?
     –No, espera un momento, Bobby. Siempre llamo a quien gana un campeonato para América. Me gustaría ofrecerte una cena de gala en la Casa Blanca, cuando regreses.
     –¿Cuánto me pagará por ir?
     –¿Pagarte? No le pago a nadie por cenar en la Casa Blanca.
     –Entonces ¿qué saco a cambio?
     –Te mostraré mi despacho, la Corte Suprema. Te presentaré a los líderes del Congreso y a cada jugador republicano rico del país. Llevaré a Guy Lombardo para que toque después de la cena. Es lo menos que puedo hacer por alguien que ha vencido al gran Spassky.
     –Muy bien, iré. Pero mis condiciones son éstas: usted me envía el avión presidencial para que me recoja en Islandia, y se compromete personalmente a que me concedan una limusina, una suite de varias habitaciones, una pista privada de tenis, mi propia piscina y diez agentes del servicio secreto para que la prensa no moleste.
     –Creo que puedo acceder a eso, Bobby.
     –Y nada de cámaras de televisión.
     –¿Ninguna cámara de televisión?
     –Odio las cámaras de televisión. Me ponen frenético. Si veo una cámara durante la cena, me largo.
     –No te preocupes, Bobby. No habrá cámaras de televisión.
     –Y que nadie hable mientras estoy comiendo. No puedo comer cuando la gente se pone a hablar.
     –Es muy difícil organizar una gran cena en la Casa Blanca y que nadie hable.
     –Ese es su problema. Si oigo ruido de algún tipo, tendrá usted que buscarse otro campeón mundial de ajedrez.
     –Lo que digas, Bobby. Es tu cena.
     –¿A qué hora será el guateque?
     –Pensaba que a las ocho.
     –Estaré allí a las nueve. No me gusta estar por ahí esperando y tener que darle charla a esos políticos estirados.
     –Entiendo, Bobby.
     –Y llevaré mi propia silla. No puedo comer, sentado en la silla de otra persona. Así que es mejor que lo sepa desde ahora. Tampoco me gustan las luces brillantes cuando como. Si las luces son demasiado brillantes, ni empiezo la comida.
     –Nada de luces brillantes. Te entiendo, Bobby. Sólo quería añadir lo orgullosos que estamos todos de ti. Eres una fuente de inspiración para los jóvenes de América.
     El presidente colgó y llamó a Richard Helms de la CIA. «Dick. Te estoy enviando el avión presidencial para recoger a Bobby Fischer en Islandia. Hazme un favor. Una vez que esté a bordo, ¿puedes ocuparte de que sea secuestrado en Cuba?»
Una buena pieza humorística. La brutal franqueza y exigencias de Fischer están aquí exageradas, casi como una mueca quevedesca, pero no deja de ser una acertada caricatura.
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2 comentarios

  1. Anonymous 05:42, diciembre 29, 2012

    Me encanto :D

  2. freedom135 13:51, diciembre 23, 2012

    muy buena forma de recordar al ser que hay detras del fantástico Fischer