Akiba Rubinstein fue el menor de doce hermanos. Nació el 12 de octubre de 1882, en Stawiski (Polonia) y su familia, judíos ortodoxos, lo educó en las más estrictas tradiciones talmúdicas.
Aprendió a jugar al ajedrez a los dieciséis años, y se dio a conocer por sus encuentros con Salwe, el mejor jugador polaco de la época. En 1907 ganó algunos torneos. En 1908 venció en matches a Teichmann, Mieses y Marshall. 1912 fue su mejor año: ganó cinco torneos.
La precariedad y la angustia que arrastró la Gran Guerra afectaron seriamente a su sistema nervioso, de por sí ya frágil, y aunque luego volvió al tablero, su ajedrez se resintió seriamente. Aún pudo, sin embargo, derrotar a grandes jugadores, como Schlechter y Bogoljubov, venciendo en Marienbad (1925) y en algún otro torneo, pero su desequilibrio psíquico le metió de lleno en un laberinto de manías persecutorias.
Se le reprocha a Lasker haberle escamoteado un match por el campeonato mundial, que Rubinstein parecía merecer, pero convivió con el relativo ocaso de Lasker, junto con el fulgor del astro Capablanca. Fatalidad para alguien que, como buen talmudista, no debía creer en ella de ninguna manera.
Réti: «En Rubinstein todo es armonía. Al elaborar su juego sitúa cada pieza en el lugar preciso. No afronta el ajedrez como una lucha, sino como la gestación de una victoria. Sus partidas parecen estructuras perfectas de las que no es posible desplazar una sola piedra.»
En 1961, triste destino, falleció en la grisalla de Bélgica, en un asilo de ancianos. Todavía vive un hijo suyo, Sammy, también ajedrecista, en Bruselas. Cuando se le pregunta por su padre, sólo mueve tristemente la cabeza.


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